La exposición «Sueños del Pacífico» puede visitarse en el Museo de Chiclana hasta el 20 de septiembre
Desastroso el retrato que del nivel educativo aquí -y por ahí también- nos ha dibujado el Informe Pisa. Y por primera vez no son los alumnos con mayores recursos los más aventajados. El acceso a ciertas herramientas (no necesariamente de trabajo), que los menos pudientes no alcanzan, parece remar no poco en contra.
No hace mucho, fue un éxito editorial -que ya es- un libro que no era grueso ni tercio de trilogía ni episodio más o menos atado a una saga. Su título, Elogio de las manos, ya avisaba de un manifiesto bajo forma de novela, de un trozo de memoria compartida y novelada. Una novela, esta de Jesús Carrasco, que no se conforma con sólo remar quijotescamente a contracorriente, sino que nos alerta -ante más que contra- y nos propone que.
El trabajo de las manos, con la lentitud que precisa, quizá nos salve todavía un rato. La domesticación de las prisas, el abandono de las horas en favor del tiempo, cosas así.
Y lo digo porque me viene del tirón a la cabeza cuando me planto ante la obra paciente de Bern Foster que “Sueños del Pacífico” -que así se titula su exposición en el Museo de Chiclana- muestra al visitante. El trabajo de las manos…
Hemos visto miles de veces -el cine ha ayudado lo suyo- cosas muy parecidas a las que ahora pone él delante de nosotros. Alucinamos en el Museo desde el primer momento. Alucinamos nosotros y alucinan todavía -y hasta el próximo 20 de septiembre- cantas personas pasan por la exposición.
El murmullo del debate nos llega hasta la recepción. ¿Impreso? ¿Pintado? ¿A mano? ¿Totalmente a mano? Duda. Increduilidad. Desacuerdo. Nada como preguntar para aclararse al respecto: ¿son pintados a mano o están hechos por ordenador?
A mano, a mano, informamos.
Asombro. Asombro que la certeza de la confirmación no disipa.
Estas cosas -tan cercanas por ya vistas y tan remotas por no vistas en vivo, tan ajenas a nuestros modos, tan de por ahí, tan americanas, tan costeroestadounidenses-, que casi nacen con la publicidad más consciente -obediente y honesta manera de la pintura-, se siguen haciendo todavía y siguen ocupando las enormes vallas publicitarias de las infinitas autopistas que transitan camioneros pacientes y fantasmagorías de hora y media que recorren -largo por ancho con olor a palomitas- las pantallas de los multicines.
Señas de identidad que son, se siguen haciendo, sí, todavía. Pero no a mano. Casi nadie ya a mano, belleza crepuscular, vísperas del silencio. Y Bern Foster -Bernardo Bejarano Narváez de aquí, – es uno de los pocos que así lo siguen haciendo, tal como los grandes maestros del género, reconocido maestro él también.
Si quitáramos al resultado el aporte de las manos, el asombro sería muy otro. Ni siquiera, tal vez, asombro. En este tiempo de máquinas que lo hacen todo por nosotros -hasta pensar,- este “elogio de las manos” supone, en su autenticidad, una bocanada de oxígeno.
Una treintena de obras impecables, compositvamente medidas -también en su acertada composición cromática-, de perfecta ejecución, fruto de una autoexigencia infrecuente e, infrecuentemente, sostenida. Treinta obras originales -acompañada de bocetos preparatorios, reproducciones impresas en revistas, libros y otros soportes- que cantan una cotidianidad gozosa, cotidianidad trascendida en la intimidad de estas pinturas, disciplinada humildad del papel y las manos.
Un tiempo sin tic tac. Silencio.

