Costus en Chiclana. Un retorno

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El Museo de Chiclana acoge una amplia muestra de la obra de Costus, los artistas de la Movida

Visitante ocasional -aunque a voluntad- cuando la riada del sesenta y cinco, Enrique Naya se llevó en su retina una imagen para siempre. Sobre ella volvió una y otra vez a lo largo de los años, hasta que dejó finalmente por escrito su visión. La de unas cabecitas calvas que flotaban sobre las aguas. Unas cabecitas que él supo luego de las muñecas. Así lo relató -y así de bien- en 1985, dejando constancia escrita del suceso justo veinte años después:
Un día se rompió la rutina. Con mi padre fui a Chiclana, no sé a qué, pero en technicolor la recuerdo. Asolada por una inundación, presentando un aspecto catastrófico.

El río, desbordado, había anegado toda la parte baja, donde se encontraba la fábrica de muñecas de plástico con forma de gitana. Violentamente, la había arrasado el agua y esparcido su contenido por todo Chiclana. Miles de manos, brazos y piernas, sonrientes cabecitas calvas, deentre el barro sobresalían, formando montañas en las esquinas. Las más impresionantes, las enteras. Desgreñadas, ahogadas, destrozadas, se revolcaban con sus batas de cola en el fango, sin perder la compostura, sonriendo. La población comenzaba a hacer frente al destrozo. (…) Grupos de hombres limpiaban las calles y a paletadas, en un camión iban echando las embarradas gitanas. A nadie importaban, pero mi yo kitsch floreció y comprendí que aquello era una desgracia. La visita me impresionó tan vivamente que durante una larga temporada tuve sueños y pesadillas. Premoniciones según puedo comprobar ahora. Pero aquel día, después de la inundación, de entre el fango, algo me llamó y me compró. En la mitad justa de mi noviciado, este suceso significó la comunión con la religión en la que estaba iniciado. Sin que nadie me viera me llevé varias cabecitas calvas. Contemplándolas compartirían la misma atracción que por iglesia sentía. El sabor del oro se mezcló con el del plástico y me supo a bien.”

La relación de Costus con Chiclana se remonta hasta la riada de 1965

Por aquel entonces, Enrique era ya mitad de un Costus único que era más que suma de uno más uno, que estas cosas ocurren cuando el nosotros aparece multiplicador y sin suplantar.
Imagino que en la intimidad de este nosotros -no sólo artístico- debió de referir una y otra vez Erinque esta vivencia que trasciende lo anecdótico para convertirse en memoria compartida, memoria ya de Costus -de Juan Carrero y de Enrique Naya o viceversa. Esa memoria común de lo directa o vicariamente vivido estuvo, sin duda, en la creación de sus “marinas”, de esas pinturas donde las flamencas se saben muñecas, muñecas de Marín y evitan a conciencia parecer las mujeres que no son. Allí estaban ellas desde el comienzo de Costus. Compañeras, sí, y hasta cierto punto guía o faro. Alguna parte del camino debió de alumbrarles. Contra algún escollo que otro los alertaría. Era cuestión de tiempo que, dada la coyuntura propicia, regresara Enrique a Chiclana. Y Juan también -siamés a ratos- con él, pues los dos eran ya a la par sí mismos y Costus, sinergia enriquecedora. También para nosotros.

Una exposición que es una aproximación a la obra del uno, del otro y de Costus a la vez que una aproximación a ellos mismos contextualizados y creadores también de su propio contexto.

Una aproximación a ellos. Aquí ahora. “Sin perder la compostura, sonriendo”.

Unos creadores ligados a los años de la Movida

La exposición “Costus en Chiclana”, que se prolongará hasta el 12 de septiembre, es una muestra amplia y profunda sobre la obra de Costus, donde, además grandes obras de este dúo (tanto de forma conjunta como individual), durante el tiempo de vigencia de esta exposición (que incluye otras piezas, aparte pinturas) nos acercaremos a estos grandes creadores asociados para siempre a lo mejor de la Movida Madrileña a través de conferencias, proyecciones o presentaciones de libros.
Cabe recordar que Costus representó un ambiente, una obra pictórica muy singular y que abanderó todo aquello que supuso la Movida Madrileña, unos años maravillosos, de mucho desenfado y de romper moldes, generando mucha creatividad en aquellos tiempos

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