Ecce Homo, una interesante monografía

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El Museo de Chiclana acoge hasta el 30 de mayo la exposición “Ecce Homo”, un conjunto de cuarenta y dos piezas que, por su carácter monográfico, resulta difícil encontrar reunidas

Hemos comentado, a propósito de otras exposiciones, que las Exposiciones Temporales del Museo se atienen con cierta frecuencia a la proximidad de fechas especialmente señaladas en el calendario más o menos cultural. Fechas que regresan cada año -Día del libro, Batalla de Chiclana, Nacimiento de García Gutiérrez, etc. – o efemérides concretas que tardan algo más en regresar -centenarios, bicentenarios y cosas así-.

Dentro del primer grupo, aunque no sea necesariamente anual el eco que en el calendario expositivo encuentre, hallamos la Cuaresma, tiempo litúrgico especialmente enraizado en nuestras costumbres y tradiciones más propias.

La Cuaresma ha sido el motivo -más que sólo pretexto- que este año sustenta nuestras dos últimas exposiciones temporales. Una con un planteamiento más general, otra con uno más cercano. Ambas con un marcado carácter artístico.

Pilatos presentó a Jesús ante el pueblo con la expresión “ecce homo”

Arranca la Cuaresma, tras el Carnaval, con el Miércoles de Ceniza, día en que a las claras se nos recuerda aquel polvo, aquella tierra, aquella sombra que somos, clara conciencia con que el cordobés -sacerdote también- remataba su célebre soneto. Por ello, qué oportuno, ubicar en el contexto de la Cuaresma una muestra variopinta de “eccehomos”.
Y es que conviene recordar que homo, vocablo latino que designa al ser humano, viene a significar “el que procede del humus”, intuición ésta que compartía la cultura pagana con la hebrea -con la judeocristiana en general, andado el tiempo- , pues en hebreo Adán (o adam) es el hombre, sí, pero lo es porque remite al que procede de la adammah, o sea: la tierra.

La expresión “ecce homo” con que presenta Pilatos a Jesús ante el pueblo que clama crucifícalo ha sido, según el correr de los siglos pone de manifiesto, una expresión afortunada. Unas palabras circunstanciales -acaso dichas sin mayor interés más allá del uso coyuntural y, por supuesto, sin mayor intención de hondura- que al cabo devienen propuesta antropológica, espejo en el que mirar, más allá de la superficie, nuestra frágil condición, lo caedizo de cuanto somos.

La muestra incluye obras de los siglos XV, XVII, XIX y XX, originales o copias

La iconografía, siempre la misma -con ligerísimas variantes-, se mantiene imperturbable a lo largo de los siglos siguiendo más o menos las indicaciones de los evangelios: corona de espinas -a veces, sólo la huella de éstas en la frente-, una caña a modo de burdo cetro y un manto casi siempre púrpura. Mano, corona y cetro para la parodia burlesca de un rey incomprendido y humillado -de la misma raíz, por cierto, que homo y humus el término-.
Podría parecer, dada la rigidez iconográfica, que habría de ser, por necesidad, monótona la muestra. Pero cada época lanza sobre el asunto la mirada, matizando y renovando -aparte la impronta personal de cada artista- el sustrato permanente. Y, época aparte, también las procedencias geográficas, en el respeto de lo esencial, distinguen.
Una exposición, por tanto, menos uniforme de lo que pudiera, antes de verla, pensarse.

Una exposición de pinturas que atraviesan, en originales del XVI al XXI -y en algunas copias del XIX a la actualidad-, siglos y estilos, desde el Tardogótico al Neoclasicismo, pasando por el Renacimiento o el Barroco -época esta a la que el tema le era especialmente querido, y más aún aquí- y llegando a nuestro tiempo en obras patentemente contemporáneas. Junto a estas pinturas, piezas complementarias de no poco interés y de épocas también diversas: esmalte, litofanía, sepiolita, cobre, etc.
Una muestra de cuarenta y dos piezas que, por su carácter monográfico, resulta difícil encontrar reunidas. Una buena ocasión. Un motivo más. Para venir. O para volver.

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