El escribiente moralista

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Sólo quienes sabían escribir podían presentar una instancia ante la Administración

Escribir una instancia o un documento dirigido a la Administración es algo que está hoy al alcance de la mano y de la mente de la mayoría de la ciudadanía en este siglo XXI. Pero no hace muchos años, sólo los que sabían escribir y redactar bien podían hacerlo. Mucho más en siglos pasados. Por eso es frecuente encontrar –y porque era necesario para el ciudadano en épocas pasadas– un sinnúmero de memoriales –instancias– entre las sesiones ordinarias de las actas capitulares de nuestro Ayuntamiento. Así, dentro de los distintos puntos del día, el escribano de Cabildo hacía “notorio el contexto literal de un Memorial presentado por…”, que era leído y expuesto a los “señores concurrentes” para su conocimiento. Tras su deliberación y acuerdo, se le contestaba y daba cuenta de ello al vecino firmante. Estos escritos se iniciaban con la presentación de la persona que lo firmaba dirigiéndose con el “debido respeto” al Cabildo solicitando un permiso, una exoneración, la concepción de una gracia o exponiendo una queja sobre un asunto particular. También hay memoriales suscriptos por varias personas o gremios como los alcaldes de panaderos, cosecheros de vino, labradores, criadores de ganado… o ciudadanos unidos por un fin común. De todos ellos existe un rollo de memoriales que recoge los comprendidos entre los años 1648 a 1782, y a partir del siglo XIX, antes de la Guerra de la Independencia (1808) los memoriales están insertos al final del acta correspondiente para que así quedase constancia y testimonios de ellos y, por supuesto, del acuerdo adoptado por los miembros capitulares.

Eran unos magníficos escribientes con excelente caligrafía y buen estilo

De entre los muchos presentados traemos tres de principios del XIX. El primero de ellos está firmado por una viuda y madre desesperada que pide ayuda al Ayuntamiento: “Maria Catalan vecina de esta villa y natural de ella con el debido rendimiento ynvoa el Patrocinio de V. E. y confía en su venefica y compresiva Caridad; le hase presente que se halla en la situación mas lastimosa cargada de siete; y ya, sin mas auxilios para mantenerlos que la clemencia del Cielo por haver perdido repentinamente a su Marido hallado muerto en el Campo, y por la decadencia notable que esperimenta en su salud de resultas del susto que tubo quando en el mes de Junio ultimo enferma y recién parida vio arrancar de sus brazos a su hijo mayor (…) para ser llevado a la Carraca donde sirve en calidad de Soldado de Marina (…) Suplica a V. E. que se digne concederle ó alcanzarle la libertad y el regreso de su presitado hijo único recurso que le queda en su desgracia para la subsistencia propia y de la de sus demás hijos”.

El segundo está firmado por Josef Redondo, padre del futuro diestro José Redondo, “El Chiclanero”. Y dice así: “(…) que tiene entendido haber hecho renuncia Geronimo Candido de la tabla de macho, con motivo de pasar a Madrid, donde es llamado por los S. Sres. Diputados de aquella Plaza: y habiendo servido el Suplicante, por espacio de diez años, con la honradez que es notoria en el Pueblo, á fin de que pueda ocurrir á la subsistencia de su dilatada familia, se acoge al amparo y protección de V. E. S. = y le Suplica rendidamente, se digne nombrarle para el exercicio de dicha Tabla: favor que esperan de su piedad: cuya importante vida prospere Dios dilatados años”.

En 1843, García Gutiérrez escribió “El escribiente memoralista”

El tercero, de Antonio Galante: “(…) que ha sido nombrado para la Septª. Compañía en clase de Soldado (…) siendo Ayudante del Maestro de primeras Letras (…) tiene que asistir diaria é indispensablemente á la clase de la que repetidas veces y oras está echo cargo (…) y si no cumple está espuesto como es de esperar factiblemente á que con unas faltas continuas le despida (…) de cuyo acontecimiento le resultara al que le habla su ruina y de su infelis familia (…) Suplica á V. S. se sirva relevarle (…) nombrando en su lugar al que tenga por conveniente de cuya gracia quedará sumamente reconocido pidiendo á el todo Poderoso les conserve en su auge y gracia”. Este último es curioso por varias razones: una, porque siendo maestro, fue escrito por un memoralista y no por él, que sabía escribir. Y otra, para los que aún no le conocen como personaje histórico de Chiclana, decir que fue el maestro de escuela que le comentó al padre de nuestro poeta García Gutiérrez, que su niño Antonio no llegaría muy lejos en el estudio de las letras.

Curiosamente Antonio García Gutiérrez escribió, en 1843, una de sus pocas obras en prosa –un artículo de costumbres– que llevaba por título el mismo que este artículo: “El escribiente memoralista”. Apareció publicado junto con otros 97 más, dentro del libro “Los españoles pintados por sí mismo”. La obra estaba compuesta por unas interesantes estampas costumbristas editadas y publicadas en pleno Romanticismo que nos describen numerosos personajes o tipos; unos con mordacidad y otros no exento de crítica; figuras existentes y vivientes –algunos vividores– en la vida nacional española de mediados del siglo XIX.

En su artículo, el autor de “El trovador”, escribía no sin cierta ironía, que el memoralista era un tipo que vivía “como ave encerrada en su estrecha jaula” de “ancha levita y nudoso bastón de encina” (…). “Vedle, escondido á medias, detrás de un biombo, sudando tinta, derramando el genio á borbotones, poniendo continuamente en prensa una inteligencia no vulgar, y todo á tan módico precio, que apenas basta á satisfacer la menor de sus necesidades”.

Existían dos tipos: el memoralista que sabía escribir y el que no sabía escribir. El primero lo consideraba un avaro de poltrona, sedentario, que “escribe cartas y memoriales y da el sér á los villancicos de noche buena”. El segundo hacía todo tipo de negocios, era “un corredor universal”: daba razones de casas de huéspedes, buscaba amas de cría, proporcionaba criados a quien los necesitase, vendía baratijas, cosméticos…

De nuestros escribientes memoralistas de Chiclana –pues hubo varios en cada época– no sabemos mucho. Tampoco a qué otras cosas se dedicaban, pero sí sabemos que algunos de ellos eran unos magníficos escribientes con una pluma de excelente caligrafía y con un estilo lo suficientemente claro, como se requiere en un documento administrativo, pero adornado con un lenguaje afectado y arcaizante que han dejado su impronta entre las páginas de nuestras actas capitulares.

Nada podría decirnos este título si no conocemos con anterioridad los memoriales presentados en Cabildo. Poco sabríamos de ellos si no fuese de la mano de don Antonio. Ya sabemos que eran mucho más que meros escribientes de cartas y memoriales.

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