domingo, mayo 26, 2024
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SANCTI PETRI, SÍMBOLO Y MITO

El islote del castillo de Sancti Petri es uno de los símbolos más significativos de Chiclana

Texto: José Luis Aragón Panés
Los mitos no están sujetos a una secuencia de acontecimientos, sino a un grupo de acontecimientos, decía el antropólogo Levi-Strauss. El islote del castillo de Sancti Petri, que emerge de entre las aguas como un titán, ha conseguido convertirse a lo largo y ancho de nuestra historia, en uno de los símbolos más significativos de Chiclana. Es símbolo y mito, porque el símbolo tiene una particular visión de la realidad en cada cultura; un símbolo transmite significados a través de creencias, narraciones orales, leyendas e historias y construye sus propios mitos; forman y conforman el universo simbólico de una cultura. En un sentido más amplio al símbolo se le atribuye la cualidad de dar sentido a una sociedad. Sancti Petri en toda su extensión –poblado, río e islote– forma parte, intrínsecamente, de la nuestra cultura. Aunque si bien el más significativo de todos ellos es el histórico castillo, no debemos de olvidarnos del río y del poblado, y la trascendencia de ambos en nuestra historia. El mar y el río forman parte inequívoca de ella, y el templo de Melkart y su entorno es la leyenda fundacional más importante.

Durante más de un milenio su fortaleza mística se extendió por el Mediterráneo

Hoy nos parece un magnífico espectáculo contemplar desde la playa de La Barrosa o desde el mismo poblado, la figura del castillo de Sancti Petri. Su entorno, esa franja de tierra sumergida del antiguo templo fenicio, la tenue luz del faro que se vislumbra desde el litoral cuando aparecen las primeras sombras de la noche… todo destila evocación mitológica y produce fascinación a propios y extraños como un provocador síndrome de Stendhal, particularmente a aquellos que saben mirar y comprender, no la edificación –la actual data de los siglos XVI al XVIII– sino el significado que tiene para la historia lo que fue el templo del Melkart, el del Hércules romano. De la leyenda del oráculo fenicio hasta su toma por la flota de los “Cien mil hijos de San Luis”.

Durante más de un milenio su fortaleza mística se extendió por el civilizatorio mar Mediterráneo. Un lugar de culto sagrado donde la leyenda cuenta que estuvo orando Julio César cuando aún no era el todopoderoso césar. Del mismo modo, el valiente Aníbal Barca, batallador y rudo guerrero fue otro de los visitantes ilustres de la Antigüedad. Aquel islote denominado “Heracleum” fue fuente de inspiración y de reflexión, donde el contacto de las olas con sus milenarias piedras –muchas de ellas talladas y donde aún se aprecian los ensamblajes– transportan al visitante al mundo antiguo, al momento primero de su construcción por los fenicios; a su manera de sobrevivir a lo largo del tiempo, a su forma de sufrir un sinnúmero de avatares históricos, tiempos tartésicos, piratas norteafricanos, caudillos cartagineses, los romanos, y… los franceses. Muchos intentaron, en vano, saquearlo de cuantas riquezas poseía; los últimos, tomarlo como lo tomaron, militarmente. Entre unos y otros destrozaron su espléndida arquitectura que, como cuentan los autores más antiguos, tenía una configuración similar a la del templo de Jerusalén, en forma de tronco piramidal.

Personajes históricos como Julio César o Aníbal Barca visitaron este templo

Por su significado sagrado y majestuosidad arquitectónica, escritores e historiadores de la Antigüedad dejaron plasmados en sus obras diversos aspectos de aquel suntuoso templo. Rufo Avieno en su viejo y arcaico poema “Oda Marítima” describe el sagrado lugar como un promontorio antiguo: “la fortaleza de Gerión y el templo están separados por el mar. Las aguas del golfo pasan entre ellos, rodeando al segundo”. El gaditano tarifeño Pomponio Mela también describió el templo, y aseguraba que en él estaban enterrados los huesos del dios-héroe. Otro escritor poeta y político de la Antigüedad, Silio Itálico nos transmite a través de sus escritos, noticias y hechos curiosos como el no permitir la entrada a mujeres en el recinto –sólo en contadas ocasiones podían hacerlo cubriendo la cabeza con un velo–; el carecer de representaciones de dioses, excepto unas pinturas de los Doce Trabajos de Hércules, o relieves con las hidras y las yeguas de Diomedes. Y Lucio Flavio Filóstrato, en su “Vida de Apolonio de Tiana” describía el templo así: “Hay allí altares a la Pobreza, al Arte, a Heracles egipcio y a otros tébano”. Por su parte, Polibio, el más antiguo de los historiadores griegos dejó escrito, según Estrabón en su “Geografía”, una interesante descripción de un pozo de agua: “Había una fuente en el templo de Hércules a la que se descendía por algunas gradas, buena para beber y que experimentaba afecciones contrarias al mar”. Siglos más tarde, el escritor y geógrafo árabe Al-Himyari en su libro “Hitab Al-rawd” nos describe cómo estaba situada la estatua de Hércules sobre la base de bloque de la pirámide, en su cuarto piso.

Por todo ello, Sancti Petri es, sin lugar a dudas, nuestro símbolo más compartido desde aquel lejano día en el que los primeros fenicios, tras el oráculo recibido de sus dioses, erigieron el templo de Melkart en nuestro litoral.

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