Con motivo del sesenta aniversario de la Riada, el Museo ha querido volver sobre sus recuerdos
Por Jesús Romero
Ya hemos comentado en estas páginas un par de cosas que ahora repetimos: por un lado, que la Exposición Permanente del Museo de la ciudad supone un sucinto -no podría ser de otro modo- por la Historia de Chiclana; por otro, que, dentro del amplio programa de Exposiciones Temporales, varias funcionan cada año a modo de ampliaciones monográficas respecto de asuntos someramente abordados -a veces, apenas mencionados- en el recorrido amplio a la par que breve de la Permanente.
En ésta hay lugar para muchos asuntos -épocas, acontecimientos, personajes, obras-, tantos que con frecuencias cuento con poco más que un rincón. Y es normal y comprensible que así sea. Pero se tuvo en cuenta, cuando se decidió el recorrido dentro del plan museológico, que los asuntos esenciales en el devenir de la ciudad estuvieran, en la medida de lo posible, de alguna manera recogidos o presentes.
Siendo así, no podía quedar fuera de dicho recorrido un acontecimiento que permanece clavado en la memoria vida de nuestra gente tal es el caso que ahora por partida doble -Exposición Permanente y Exposición Temporal- nos ocupa.
La riada de 1965 -hubo otras notables también- es, entre nosotros, La Riada. Así, con nombre propio y en mayúsculas. Está en los libros que refieren nuestra Historia y todavía también en la mente de todos. Y más delante de los ojos de lo que a veces pensamos, pues muchas cosas que ahora vemos -y no vemos- encuentran en aquel entonces su raíz. Pero el tiempo pasa y los testigos directos de aquel acontecimiento nos van dejando. Y el olvido va ocupando el lugar que ellos dejan, dificultando incluso la amplia comprensión de todo aquello. De aquí, sin duda, este recordatorio continuo que las repetidas efemérides propician.
La muestra permanecerá abierta al público hasta el 30 de noviembre
¿Pero necesita tanto recordatorio lo nunca del todo olvidado, lo recordado una y otra vez por si acaso o por lo que sea? Hay quienes agradecen traer una vez más al presente el pasado -¿sano interés?, ¿curiosidad malsana que deja entrever acentos de nostalgia en algún que otro visitante?- y hay quienes nos dicen, casi con cierto hastío, ¿otra vez La riada?
Igual, como sospechaban aquellos sabios griegos -cuántos son siete, que se preguntaban en Barrio Sésamo- la virtud está en el medio -en el justo medio, que también se dice- y que mejor es que “de nada demasiado”. Sobre todo cuando al hilo de las noticias de hace casi exactamente un año -noticias de un poco más allá- relativizamos también ciertas cosas. Y comprendemos. Algo más.
Con motivo de este sesenta aniversario -que no es un número tan redondo como el del primer aniversario, el del décimo o, más aún, el del medio siglo- de la terrible inundación de 1965, el Museo de Chiclana ha querido volver sobre ella, pero más aún sobre el recuerdo continuo de la misma. De ahí que esta sencilla exposición -como quizá a un sesenta aniversario corresponde- muestre sobre todo originales de publicaciones que a lo largo de los años nos recordaron -una y otra vez- la terrible inundación.
Quizá para una fecha más redonda -para el setenta y cinco aniversario o el centenario (que igual vendrán otros que no nos harán mejores)- no estaría de más hurgar en los archivos rastreando “novedades” o reflexionar con hondura los frutos -mejores y peores- de cuando sobre aquel barro y aquellas lágrimas se sembró.
Repetir está bien. Pero igual comprender precisa algo más. Doctores tiene -y tendrá- Chiclana.
Esta exposición, de título “A vueltas con la riada / 60 años”, permanecerá abierta al público hasta el próximo 30 de noviembre. Y tras ésta, su eco constante en la Permanente del Museo.

