Hubo un tiempo en que las cartas llevaban no solo palabras; llevaban abrazos, preocupaciones, esperanzas y, muchas veces, un pedacito del alma de quien las escribía
En Sancti Petri, a las cinco de la tarde, ocurría un pequeño ritual. Delante de la taberna de Paco «El Cartero» comenzaban a reunirse vecinos, marineros y familiares. Entonces aparecía Paco con un buen mazo de cartas bajo el brazo. Sin prisas, ceremonioso, iba pronunciando uno a uno los nombres de los destinatarios.
—¡Antonio García! —¡Aquí! —¡María Sánchez! —¡Yo!
Y así, despacio, entregaba cada carta, como quien entrega un tesoro. Porque cuando Paco decía tu nombre en voz alta no solo te estaba dando una carta. Era casi una forma de decir «Aquí estás. No nos hemos olvidado de ti.»
Más de uno enviábamos los cupones que aparecían en revistas para recibir catálogos y cursos de electrónica. No interesaba los catálogos. Lo que realmente queríamos era escuchar, cómo Paco pronunciaba nuestro nombre.
Paco vivía en Chiclana y cada mañana recogía las cartas en la oficina central de Correos, hacía el recorrido hasta Sancti Petri en un carro tirado por un burro;
Su taberna era pequeña. Allí se servía vino de Chiclana, se echaban partidas de cartas y, cuando la noche se animaba, no era raro escuchar unas seguiriyas, unas soleares o unas malagueñas. Paco era un gran aficionado al flamenco y acompañaba con gusto a cualquiera que se arrancara a cantar. Cuando el último cliente se marchaba, recogía la taberna y emprendía el camino de regreso a Chiclana.
Y aquí entra en escena el otro protagonista de esta historia: el burro. Porque aquel burro tenía poco de burro. Paco confiaba tanto en él que, una vez pasado el cuartel y después de saludar a los guardias, se acomodaba en el carro y aprovechaba para echar una cabezada. El animal seguía el camino hasta casa sin equivocarse. Pero una noche ocurrió algo diferente. Es verdad que había habido más flamenco del habitual… y, sobre todo, bastante más vino.
Paco apenas se acomodó en el carro, cayó rendido en un sueño profundo. El burro inició el camino como siempre. Al pasar por el cuartel, uno de los guardias se percató de la situación y decidió gastarle una broma. Sin hacer ruido, le dio la vuelta al carro. El burro, obediente y convencido de que aquel era el camino correcto, regresó tranquilamente, pero… a Sancti Petri.
Paco no despertó hasta el amanecer.
Al abrir los ojos y reconocer la taberna delante de él, pensó que llegaba tardísimo para recoger el correo en Chiclana. Sin perder un segundo arreó al burro y salió a toda prisa.
Cuando pasó de nuevo por el cuartel, las carcajadas de los guardias le hicieron comprender lo sucedido. Como era de esperar, terminó riéndose con ellos. Eso sí, desde aquel día Paco «El Cartero» nunca volvió a dormirse en el carro. Quizá dejó de confiar un poco en el burro… o, mejor dicho, dejó de confiar en los guardias del cuartel.
Hoy ya casi nadie escribe cartas. Los móviles han cambiado nuestra manera de comunicarnos. Pero para quienes conocimos a Paco todavía recordamos aquellas tardes en las que esperábamos escuchar nuestro nombre. Sirva esta historia para recordarle y rendirle un sencillo homenaje por su trabajo.

