Numerosas personas trabajan en el Museo de Chiclana para difundir la cultura a la ciudadanía
Lo cantaba Serrat, ese jubilado que nos puso noble banda sonora a varias generaciones: “detrás está la gente”. Que detrás de una cosa y su contraria, siempre está la gente. Y no le falta razón: las cosas son y, además, son como son porque detrás aquí están unas personas y no otras. De ello hablamos aquí en su día. De la gente que está detrás. Detrás de la limpieza de los barnices oxidados de una pinturas, de un escalón limpio pese al tránsito, detrás de un mostrador donde toma el primer contacto con el Museo el visitante, detrás del teléfono que se descuelga para atender con interés a quien muestra su interés en nuestras cosas, detrás de las plantas que no se mustian en el patio bajo los calores del verano, detrás de las programaciones expositivas y las obras concretas que en ellas se muestran, detrás de los datos donde las cartelas resumen en las salas largos años de vocacional/profesional indagación, detrás de las visitas guiadas o las actividades que se proponen o acogen, detrás de… Detrás está la gente.
Pero también está la gente delante. Delante de los que andamos generalmente detrás y a los cuales nos debemos. Siempre delante, siempre, como destinatarios de nuestro vocacional/profesional quehacer. Siempre, visible o invisible, delante está la gente.
Cuando se decide levantar el Museo, cuando se decide el plan museológico o museográfico del mismo, cuando se prepara la programación expositiva del año o se conciben las actividades complementarias, cuando se hacen estas cosas -muchas veces invisibles- al frente está la gente, las personas que acogiendo nuestras propuestas dan sentido a las mismas, dan sentido a nuestro trabajo. Personas que vienen a ver, a escuchar; personas a las que también nosotros vemos y escuchamos. Y es bonito este encuentro, interesante y nutritivo. A ellas nos debemos tanto, por lo menos, como a los contenidos que les ofrecemos. Están, desde el principio, cuando pensamos el museo y están como receptores también al final del trayecto. A ellas nos debemos.

¿Es gratis?, nos preguntan con frecuencia. A veces, les decimos que sí. Otra veces, si dan juego, le decimos que no, que no es gratis, que lo pagan ellas con sus impuestos; que nos pagan, además, a nosotros, parte como somos del servicio mismo que ofrecemos.
Esta gente que nos visita -usuarios con frecuencia poco usuales-, que se planta delante de nosotros entabla con nosotros ocasionalmente diálogo. En ocasiones, preguntas muy concretas tras haber visitado las salas del Museo, preguntando por esto o por aquello y dejándonos de sí un pequeño retrato de fotomatón al poner de manifiesto, con sus preguntas, sus intereses, sus inquietudes. Otras veces, cuando le preguntamos -para la estadística del Museo- su lugar de procedencia, nos cuenta cosas de su tierra, del museo que tiene allá, las razones de su visita al nuestro, las razones incluso de su viaje, lo que han visto ya en nuestra ciudad, lo que quisieran ver antes de marcharse,… Y nos pide muchas veces información: qué ver que no le han dicho; dónde comer, que tampoco. Cosas así.
Estas conversaciones, a veces, se vuelven más amplias y se extienden por los minutos trascendiendo la mera extensión y cobran hondura. Y marchan quienes nos visitan con la agradable sensación de un encuentro personal que intereses culturales comunes han propiciado; la misma agradable sensación que dejan en nosotros, los que nos quedamos. Haber podido compartir con ellos. Haber podido recibir de ellos. Haber aprendido algo más, algo que en principio no constaba en el orden del día…
Reflejos de estos encuentros perviven -humilde y frágil posteridad- en el libro de firmas, otro documento que habla de la calidad. También de la calidad y la calidez humana. Los textos, sus firmas… Detrás está la gente, la gente que tuvimos, de un modo u otro, delante.

