Desde 1976 esta localidad jiennense, conocida como la “Caeciliana” romana se encuentra hermanada con Chiclana
Amaneció en Úbeda un día de primavera con viento fresco procedente de la cercana sierra. La idea era salir de la ciudad para visitar a nuestra otra hermana jiennense: Chiclana de Segura. Treinta y cuatro kilómetros separan a ambas. Así que tomamos la autovía para salir a la carretera provincial JA 9105 y dirigirnos a la recóndita Chiclana de Segura –la “Caeciliana” romana– situada en la parte nororiental de la comarca del Condado.
Antes de las doce del mediodía divisamos a lo lejos sobre una alta peña, como el nido de un alcor, su conjunto monumental de casas blancas. Se asemeja a una isla entre un mar de olivos que parece auparlo con sus olas hacia el cielo dándole un aspecto singular y convirtiéndolo en unos de los pueblos más bonitos del Parque Natural de la Sierra de Cazorla. Es como una majestuosa figura de piedra y cal, como un gran castillo sin almenas.
Un nuevo desvío nos lleva a la carretera de la Venta de los Santos: estrecha, de montaña, con numerosas curvas. Acertó “Google map”, pues tras una hora llegamos ante una vieja fuente remozada y decorada con azulejos de la comarca. Enfrente de ella, un sugerente cartel da la bienvenida al visitante. Fotos en la fuente y miraba pausada al paisaje verde y cautivador de encinas, jarales e inmóviles olivos, quietos en el tiempo, mecidos por el viento, que parecen que nos contemplan en vez de nosotros a ellos.
La villa de Chiclana de Segura fue señorío de la orden de Santiago
Volvemos a nuestros coches y bordeamos la población hasta la calle del Mirador, en el llamado paseo del Trascastillo. Aparcamos frente al túnel excavado en la piedra en 1950 donde una placa conmemorativa recuerda a los diez obreros que trabajaron en él. Al lado izquierdo, adosado a la piedra arenisca, un ascensor panorámico eleva al viajero a la parte más alta de la población. La prudencia nos dice que es mejor subir a pie, y para ello cruzamos el túnel y accedemos a la Plaza Mayor –centro neurálgico de la villa– donde se yergue una fuente de cuatro cristalinos chorros que da agua y sentido de identidad a la villa, como reminiscencia del antiguo pueblo manchego fue. No en vano, Chiclana de Segura, limita con el pueblo ciudadrealeño de Villamanrique. Frente a ella la iglesia parroquial de San Pedro –patrono– erigida entre fines del siglo XVI y el primer tercio del XVII.
En la plaza, que tiene el encanto de estar como suspendida en el tiempo, dialogamos con varios vecinos que nos preguntan de donde venimos. Al saber que somos de Chiclana de la Frontera los rostros se encienden de alegría y nos sentimos, no entre amigos, sino entre hermanos. Nos refieren algo de su historia, anécdotas y dichos: “El que va a Chiclana pierde más que gana”. Se refiere a la pérdida de tacones de las mocitas de los pueblos de los alrededores cuando venían a la feria de Chiclana en septiembre.
Nosotros referimos los nuestros. Y decimos, “Chiclana te hace volver”; el más genuino de nuestros eslóganes posmodernos frente a aquel tan celebérrimo como el que contaba Fernán Caballero: “De Medina son los zorros, / de Vejer la pompa vana, / de Conil los desechados, / los borrachos de Chiclana”.
Paseamos por las calles del centro e intentamos visitar el centro de interpretación el gran poeta Jorge Manrique, pero estaba cerrado.
El vate estuvo en la villa como comendador del castillo –del siglo XII– y su hijo Luis, también. Seguimos subiendo por estrechas, empinadas y sinuosas callejuelas hasta alcanzar donde se encontraba la fortaleza. Desde allí se vislumbran cuatro provincias: Jaén, Granada, Ciudad Real y Albacete. . Bien entrada la tarde nos despedíamos de la villa y sus gentes; de sus cerros y olivos; de las milenarias piedras de la Atalaya.
Bien mereció el paseo por la ciudad –hermana desde 1976– de Chiclana de Segura.
Una localidad de origen romano
La villa de Chiclana de Segura fue señorío de la orden de Santiago, aunque hay que remontarse hasta los iberos para saber de sus primeros pobladores. En su término, de 233 kilómetros cuadros, discurren tres ríos: el Guadalmena con su preciso y precioso embalse, el Guadalimar y Dañador.
Dos de ellos con topónimos árabes lo que nos indica la presencia musulmana hasta 1226. Del mismo modo, la conquista castellana dejará en su escudo nobiliario una corona de infante, la cruz de Calatrava, una lanza y una ballesta de sable.
Conquistada por la Corona de Castilla en 1226, fue territorio perteneciente a la Orden de Santiago, quien la repobló. En 1833 tras la reforma territorial de Javier de Burgos, pasó a pertenecer a la nueva provincia de Jaén, procedente de la antigua provincia de La Mancha.

