domingo, marzo 15, 2026
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Los rincones de fuera

El Museo de Chiclana trabaja para mostrar piezas de interés que permanecen en domicilios particulares

A veces -las cosas de la arquitectura con tanto borrar fronteras entre el dentro y fuera-, los rincones del museo se encuentran al otro lado de la calle, o un poco más allá incluso. Para aclararme y no confundiros, un botón de muestra.

Hace unos años, unos vecinos muy próximos, pasando por delante de su casa yendo yo para la mía, me dijeron un momento, pasa, pasa, que queremos que veas una cosa. Había pasado por delante de esa puerta infinidad de veces, casi a diario a lo largo de casi treinta años entonces. Había atisbado, desde la puerta entreabierta, otro tipo de decoración. Nada que me hiciera vislumbrar que…

Helo aquí.
Y hete aquí que me encuentro delante de un cuadro extraño y bueno. Detrás del mismo, a golpe de vista, ningún aficionado al uso: un excelente dibujante y un pintor notable también. Me dijeron su nombre. Que no conocía. Que ya no recuerdo. Pero la obra… La he recordado muchas veces, la he comentado no pocas también. Del tirón me recordó, por su atmósfera sobre todo, aunque no sólo por ésta, la obra de unos artistas contemporáneos -¡y vivos!- muy concretos, cuyo magisterio se derramaba sobre el cuadro como una larga, luminosa sombra.

Había en la pintura algo de aquella vecindad extraña donde objetos pintados con realismo fotográfico nos desconciertan por mostrársenos en reunión inusual, cuando no imposible, aunque -a la vista de lo visto- sí pensable. Esa extrañeza que frecuentaron los surrealistas -incluso abusivamente- hasta el extremo y la banalidad de la ocurrencia.
Años después de aquellos, vinieron otros que, en la estela de estos, cuidaron, y mucho, lo procedimental en su creación.

Los recordé delante del cuadro. Los recordé, además en voz alta. Los mencioné de uno en uno: Eduardo Naranjo, Cristóbal Toral, incluso Antonio López.
Los anfitriones de aquél instante se miraron. Uno de ellos no dijo bingo porque no se le ocurrió, pero dijo espera y, al cabo de unos minutos, regresó con un papel doblado en su mano, nada de una foto en la pantalla del móvil. Lo desplegó, me lo puso ante los ojos. Mira. Y miré. Y leí. Cuatro nombres en la hoja de papel en lo que a todas luces era el fallo del jurado de un premio de pintura, cuatro nombres bajo el texto que justificaba el premio otorgado. Tres de esos cuatro nombres los había mencionado yo unos minutos antes evocados/convocados por la pintura que contemplaba: Eduardo Naranjo, Cristóbal Toral y Antonio López. Esa atmósfera de realismo mágico, de extrañeza ante el realismo minucioso del silencio,…

Fue justo en ese momento cuando me dije “esto tiene que verlo la gente”. Y fue así como, allí mismo, surgió el concepto de “museo oculto”. Varios días después, también el nombre. Concepto y nombre que aprovechamos, en su momento, para una exposición en la Casa de Cultura de Chiclana donde mostramos al público las pinturas que mucho tiempo atrás decoraron las estancias de la casa de Carmen Picazo y que unos años antes abandonaron dicha casa. Una de las piezas que entonces mostramos luce hoy en el Museo de nuestra ciudad.

Años después, retomamos el asunto, como proyecto abierto, en el Museo. La finalidad: mostrar piezas de interés que permanecen, ajenas al público, en domicilios particulares -de personas con más sensibilidad que dinero por lo general-, en fondos de galerías, etc. Esto, no más. No menos.

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