sábado, marzo 14, 2026
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ÚLTIMOS DÍAS ANTES DE LOS PRÓXIMOS

El Museo de Chiclana será objeto en los próximos meses de una serie de actuaciones para su mejora

Hace unos meses, hablábamos -en estas páginas más o menos y a propósito de los diversos espacios expositivos- del collar y del perro, collar que muchas veces le viene tan grande al perro que se escara, collar que sin perro que sin perro encuentra difícil justificación. Y quien dice collar dice caseta del perro también. En casa de mis padres, por ejemplo, sigue en pie la casita, años después de su muerte, la casita deshabitada de Kay, un perro casi pariente tiempo antes de aquí se tomaran estas cosas al pie de la letra. Espacios así, pero a lo grande, podríamos enumerar, también en lo público, hasta el bostezo como si ovejas nocturnas al pie de la cama.

Pero también el collar, cuando hay perro importa, y Museo llamamos de hecho al edificio, templo o casa de musas que fue en su origen. La casa que es -que también es- el Museo de Chiclana acogerá una serie de actuaciones en orden a su mantenimiento y su mejora en estos próximos meses. De aquí que hasta ahora, conocidas con exactitud -en la medida en que estas cosas conocen exactitudes en el calendario- las fechas de las intervenciones, no hayamos podido montar nuestro particular tetris (fechas, salas, mobiliario,…) ni presentar la programación de las Exposiciones Temporales para 2025. Y sí, y en ello estamos, rematando la faena apenas aproximativa de estos últimos meses. De ahí que sigan abiertas al público-ahora sí, en sus últimos días- las exposiciones “La música por los ojos” y “Homo homini”.

De esta última quería hablaros. Porque sí, y porque tiene que ven con el arranque de estas líneas.

Ignoro hasta qué punto sean inmersivas esas exposiciones donde las dimensiones -como nunca lo vio él ni jamás lo pensó- de un girasol de Van Gohg nos lleva al país de Liliput. Recuerdo, en el Prado, aquella preciosa muestra de obras de pequeñas dimensiones, miniaturas a veces, que se extendía en salas y salas. Se titulaba “La belleza encerrada” y viví aquella visita, en la que me demoré varias horas, como una auténtica experiencia inmersiva.

Así he experimentado/vivenciado “Homo homini”, obra -y lo digo así, en singular- de Eduardo Martínez, artista más allá de sus pinceles, que nos ha sumergido en una profunda y abierta -y, por abierta, respetuosa- reflexión acerca de la condición humana, de la suya, de la de cada uno o de la nuestra cuando -de una u otra manera- somos nosotros y como nosotros actuamos hasta creyendo o fingiendo no actuar. Que de otra cosa que cuadros -aun con cuadros- iba el asunto lo anunciaba, ya de entrada, la casi penumbra -parte de la exposición- de las salas. Que se trataba de una obra abierta -en el sentido en que fijó Eco esta expresión- lo adelantaba el mismo título. Pues desde Hobbes para acá, aunque peguemos el frenazo en “homo homini”, tudos leemos el “lupus” con que concluye el mazazo que teóricamente funda el pesimismo antropológico en su versión más descarnada. Obviando ese lobo, la contundente afirmación se torna pregunta abierta al visitante que se vuelve, dialógicamente, de alguna manera cocreador de aquello que se le muestra, que abre -en riqueza de sugerencias- una reflexión que, sin embargo, no concluye. Y esto que ocurre, ante cada una de las piezas -más luminosas que claras a pesar dela penumbra mencionada y ambiguas hasta la equivocidad-, se multiplica -porque de multiplicación se trata cuando las piezas no sólo se yuxtaponen en autónoma vecindad- cuando se percibe el conjunto como obra, la exposición como la obra que al cabo se muestra. Ahora, por cierto, en sus últimos días.

Una experiencia, ya digo, inmersiva de un artista completo que se sitúa en la estela de aquellos artistas que decidieron, en algún momento de su trayectoria, lanzar su mirada crítica -sobre sí, sobre el otro, sobre nosotros todos- y legarnos su perspectiva como lúcidos testigos de su tiempo, Historia e intrahistoria del mismo, donde la condición humana encarnada en lo concreto se nos desvela.

Y enlanzando con el asunto del collar y el perro, decir que las piezas de Eduardo Martínez presentes en esta exposición serán donadas -todas- al Museo de Chiclana. Una justificación más para la existencia de éste, también para esa ampliación que a la vuelta de la esquina ya nos aguarda.

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