El museo taurino de la Real Maestranza de Ronda guarda entre sus contenidos una semblanza del gran diestro chiclanero Francisco Montes, «Paquiro»
Artículo: José Luis Aragón Panés
Los viajes en la actualidad llamados de placer son, en primera instancia, fuentes para el conocimiento en los que el «homo aviator» (persona humana viajera), satisface su deseo de observar con su presencia física un lugar que, aunque no le sea desconocido –visto en fotografías y otros medios audiovisuales–, siente la necesidad o anhelo de ver, contemplar o recorrer, «in situ». En segunda instancia, podemos decir que el viaje tiene un motivo, una intención, una razón para cada viajero.
Nosotros, sin más pretensiones que descubrir nexos comunes singulares o periodos históricos compartidos entre rondeños y chiclaneros, hemos viajado a la antigua Arunda, en la cercana y antigua región de la Beturia Céltica. Hemos vuelto a la que se le ha denominado la «Ciudad de los encantos» o «Ciudad de destino», después de varios años sin ir. Volvemos sin las prisas del viajero excursionista, con la vista puesta en su belleza que emana de su posición geográfica y de su rico patrimonio monumental. Y al mismo tiempo, encontrar vínculos históricos y culturales.
A Ronda se le ha denominado la «Ciudad de los encantos»
Llegamos a Ronda, ya bien amanecido. Al bajarnos del coche nos sorprende el aire fresco de la sierra y una leve niebla matutina –pronto desaparecida– que deja ver a través de dispersas nubes blancas, la verde vegetación sobre la sierra compartida de las provincias de Málaga y Cádiz. Imagen bucólica para el viajero frente a las nuevas construcciones de los aledaños del centro histórico. Desde el parking situado cerca de la avenida de Martínez Asteín, nos encaminamos en busca de la larga, céntrica, y comercial por excelencia, Carrera de Espinel –dedicada a Vicente Espinel, uno de los hijos más preclaros de Ronda– conocida popularmente por calle de «La Bola».
El breve paseo nos conduce en línea recta hasta su famosa plaza de toros, construida en el siglo XVIII, por la Real Maestranza. En el interior del museo, breve semblanza de Paquiro. Es nuestro primer encuentro. Referencia a la historia del toreo con el chiclanero Jerónimo José Cándido y su cuñado Pedro Romero. Ambos ejercerán como maestros en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, donde Francisco Montes, «Paquiro» se convertirá en el alumno más aventajado.
Junto a la plaza de toros, la Alameda del Tajo –de finales del siglo XVIII– con árboles centenarios y espacios idóneos para la cultura y expansión social o familiar. Unida a ella, el Paseo de Blas Infante, presidido por una estatua –algo más grande que la nuestra– del padre de la patria andaluza (segundo encuentro) con un agradable jardín en su interior, además del coqueto mirador con vistas al Tajo y a la sierra gaditana, sitio de laica peregrinación para turistas. En la misma entrada del recinto, sobre las columnas que sostienen la puerta, las figuras labradas en bronce de dos norteamericanos que dejaron huella –uno de ellos, incluso sus cenizas– en la ciudad: Ernest Hemingway y Orson Welles.
La plaza de España y la visita al Parador Nacional –antigua Casa Consistorial– al borde del Tajo de un abismo de 120 metros de profundidad, es la siguiente parada. Se sale de ella hacia uno de los tres puentes que cruzan la ciudad, la obra magna del Puente Nuevo, construido entre 1751 y 1793 sobre el río Guadalevín –profundo y escondido– a desemejanza de nuestro río Iro, más perceptible. Pero tienen en común, dividir en dos mitades a la ciudad, y provocar inundaciones recurrentes. Tercer encuentro.
Cruzar el puente sin mirar hacia El Tajo, solo es cosa de acrofobia, pero es un alto obligatorio. En este punto, se inicia una de las rutas turísticas que comienza en el mirador de «Aldehuela», en honor al arquitecto constructor del Puente Nuevo, José Martín de Aldehuela. A pocos pasos, el convento de Santo Domingo en la calle Armiñán. A continuación, otro mirador: el de los «Viajeros románticos». De ahí, a la Casa del rey moro (Bien de Interés Cultural), visita imprescindible para remontarnos al pasado de la dinastía nazarí en tiempos de guerras entre castellanos y andalusíes.
Siguiendo en la misma acera de esta importante calle, nos llama la atención una placa de mármol sobre un moderno edificio que nos indica que estamos en el lugar donde existió la casa natal del filósofo y pedagogo, Francisco Giner de los Ríos, –fundador y director de la Institución Libre de Enseñanza–, figura clave en la historia del siglo XX en España. Unos metros más allá, el museo Lara. Proseguimos calle abajo observando casas señoriales que muestran solo una parte esencial del patrimonio histórico rondeño. En la plaza de Abul Beka una torre, tesoro nazarí del siglo XIV: el alminar o minarete de san Sebastián, que formó parte de una mezquita y más tarde, iglesia dedicada al santo nacido en el siglo III d.C. en Narbona. También Chiclana tiene una iglesia bajo la advocación de san Sebastián. Cuarto encuentro.
(Continuaremos nuestro paseo en el próximo número).

