viernes, abril 24, 2026
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De lo visible y lo invisible

El montaje de una exposición temporal es un proceso muy laborioso en el Museo

Por Jesús Romero

A raíz de la convocatoria pública realizada hace escasos días con el fin de sacar plazas para atender en nuestra localidad centros dedicados al ocio y la cultura, hemos recibido en el Museo a algunas personas que se han acercado en busca de información. Una de las cosas que en varias ocasiones nos han preguntado -se contemplaba el asunto en el índice de las materias a preparar para el examen- trataba acerca del montaje de una exposición temporal.

Ciertos visitantes -y no visitantes también- tiene la impresión de que las exposiciones surgen como hongos de la noche a la mañana con el solo concurso de la humedad y la temperatura adecuadas. Se desmonta una exposición y cinco o seis días más tarde -¡alehop!- una nueva ocupa el lugar de la recién clausurada. Qué fácil parece todo. Más aún para quien se la encuentra de golpe. Pero la cosa es algo más compleja.
El montaje, el montaje físico como paso casi último de una exposición, comienza desde el primer momento en que ésta se programa. Un ejemplo, que evidencia que programar no es desparramar cosas por fechas y salas, podría ilustrarnos al respecto.

El montaje de una exposición comienza desde el momento en que se programa

En el museo -seguimos con el ejemplo- hay salas destinadas a muestras de carácter temporal y vitrinas y marcos de tamaños diferentes reservados en el almacén para estos usos. Cuando -tetris espacio temporal- cuadramos el conjunto de exposiciones anuales -pues presentamos la programación total y anual a comienzos de año-, y hemos tenido que calcular el espacio que cada una precisa así como las vitrinas o marcos se necesitan. Esto implica que hay exposiciones que no podrían simultanearse y, por tanto, hemos de anticiparnos para no tener sorpresa de última hora. Y aun así… Y es, ya digo, un ejemplo.
Pero yendo más al fondo, la exposición suele ser muchas veces una idea que ha de cuajar en proyecto: o sea, una idea que tiene que tener fechas, presupuestos, piezas,…
A veces, la idea nos lleva a rastrear, a buscar, a localizar, a pedir, a comprar,… Otras veces, el material está ya, desde el principio. Incluso en abundancia. Y hemos de seleccionar, de podar, de devolver incluso.

En ocasiones, las piezas son más o menos independientes dentro del conjunto y con un criterio sobre todo estético distribuimos.
Pero por lo general existe un hilo conductor que nos obliga a secuenciar las piezas de un determinad modo -no sólo en el espacio perimetral que las paredes ofrecen, sino también en las vitrinas que con cierta frecuencia complementan con las piezas que acogen el conjunto- y tampoco en estos casos podemos descuidar la dimensión estética de la presentación.

Incluye un árduo proceso de selección de las piezas que estarán presentes

Elegidas las piezas, enmarcadas con los recursos reutilizables del museo las que así han de enmarcarse, comienza lo que la gente por lo general entiende como montaje, o sea: colgar piezas de las paredes o colocarlas en las vitrinas, vitrinas que también hay que reparar, limpiar, trasladar, etc.

Entre tanto, mientras este trabajo más físico se está llevando a cabo, se están redactando cartelas -descriptivas y/o explicativas-, textos para vinilos, para la prensa o para folletos, que han de maquetarse o diseñarse,… O haciendo fotos para estos folletos, o para una cartelería que han de diseñarse también.
Y el toque final: la luz. ¡Tan importante! Seleccionar luces cálidas o frías, decidir -cuando es, además de aconsejable, posible- la potencia, el ángulo de los focos, incluso la anulación de los mismos,…

Muchos flecos. O más que flecos, un tapiz cuya complejidad -nudos del reverso- resulta invisible, que de esta invisibilidad también va la cosa. ¡Ah, y desmontar la anterior, claro! Y rápido para que no estén las salas vacías muchos días.

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