La palabra museo remite desde sus orígenes a un edificio que es la casa de las musas o su templo
Textos: Jesús Romero
Hace unos días, hablaba con un amigo mío extranjero y algo le dije acerca de una obra de teatro. Andaba éste, a su vez, con un amigo suyo, no por ello amigo mío ni conocido. Mi amigo, tras decirle yo lo de la obra, se giró hacia el suyo y me explica que su amigo es albañil. Me costó bastante hacerme entender -no solamente suya la torpeza, mía también- y dejar clara la diferencia entre una obra y otra. Cosas de la pluralidad semántica de nuestro léxico; cosa, en fin, de la equivocidad de las palabras que a tanto equívoco nos conduce.
No ocurre así con el museo, palabra que, desde sus orígenes, remite a un edificio, siendo éste la casa de las musas o su templo, lugar que pueblan y se les rinde culto.
El Museo de Chiclana es, aunque se pongan sus instalaciones al servicio de algo que no son ellas mismas, un edificio. Y a él nos referimos, ya en estos términos cuando hace unos meses dedicamos un par de páginas a su fachada con motivo de las obras de restauración de la misma y la intervención para la mejora de su iluminación, resaltando el valor de pieza -de pieza de primer orden- de esta notable fachada neoclásica.
Todo es museo, desde la recepción hasta las piezas que se exhiben en él
Pero el resto del edificio es museo también, porque todo en el toro -hasta el rabo- es toro y conviene no olvidarlo. Un descuido puede al re4specto puede darnos un serio disgusto. Por esto, aparte la atención y el cuidad que a los fondos -expuestos o no- o a las exposiciones les prestamos, intentamos, en la medida de nuestras posibilidades y nuestro entendimiento atender otros aspectos, también al cuidado del edificio, tarea que trasciende la estricta competencia de Cultura y las capacidades del personal que aquí trabaja. Emsisa, empresa municipal que -programaciones al margen- se ocupa de éste y de otros espacios culturales, resulta fundamental en estos menesteres que el cuidado del edificio precisa y, por ello, exige.
Muchas personas trabajan para que el público pueda disfrutar del museo
A cuidados de muy diversa índole, tales como la limpieza cotidiana de las salas expositivas, de los aseos y otros espacios, se suman actuaciones más concretas y ocasionales de mantenimiento que van desde trabajos de albañilería o fontanería hasta trabajos de pintura o de electricidad. Estas cosas, que apenas se notan cuando bien se cumplen, no pasan desapercibidas para el público que nos visita. Lo perciben, sí, y nos lo hacen notar: “qué cuidado está todo”, “cómo se nota que estáis encima”, “qué limpio todo y qué bonito”, “qué espacios más coquetos y acogedores”. Cositas así que los usuarios agradecen. Gratitud de ellos que nosotros agradecemos como si de un “q” de calidad -minúscula y cotidiana- se tratara, goteo de gratitud que nos anima.
No son pocas las personas que, comprando con otros espacios más o menos semejantes, salen gratamente sorprendidos. “Nos imaginábamos otra cosa, un lugar más dejado y polvoriento”.
Todo es museo: desde el mostrador de recepción donde se atiende al visitante apenas entra, hasta el patio que suelen cruzar a su salida. Un patio casi jardín que, sin jardinero oficial -pero no sin manos que cuidan con mimo las plantas- no sólo se mantiene, sino que crece con acertada gracia. Porque detrás está la gente, como Serrat cantaba. La gente que hace lo que puede con cariño y empeño. Detrás del jardín, detrás del mostrador, detrás de las exposiciones montadas, detrás de las paredes restauradas, detrás de aseo impecable, detrás de las lámparas o las pantallas que funcionan, detrás… Y muy a menudo, invisiblemente detrás.
La mayoría no ve a estas personas. Pero, más visibles unas que otras, están. Todas. Y perciben los frutos del trabajo diario, los frutos de la constancia en lo humilde. Lo perciben, sí, y lo agradecen. Y nosotros, claro, agradecemos su gratitud.
Por cierto, en breve, acometeremos -más museo aún- la tarea de poner cartelas con información botánica, a las plantas del patio, casi jardín.

