El pasado sábado comenzó en el Museo de la ciudad la primera edición de sus Jornadas Literarias
Texto: José Luis Aragón Panés
El pasado sábado comenzó en el Museo de la ciudad, donde se ubica la Fundación Fernando Quiñones, la primera edición de sus Jornadas Literarias en un mes tan significativo para los “quiñonianos» como es noviembre, porque en noviembre falleció nuestro poeta y narrador chiclanero, Fernando Quiñones (1930-1998). Un seminario que rinde homenaje al poeta, narrador y ensayista arcense Antonio Hernández (1943-2024). Ambos compartieron un tiempo de vivencias, ambos encontraron su propio camino, su voz y registro literario, y ambos se plantaron en su juventud, en Madrid, convencidos que para triunfar en España como escritor había que desembarcar en la capital. Cada uno en épocas distintas: Fernando en el cincuenta y uno y Antonio en el sesenta y nueve buscaron su sitio, que no su literatura porque ella ya venía en el alma desde Cádiz.
De los primeros pasos de Quiñones por Madrid se conoce numerosas historias y alguna que otra leyenda personal. Vivió y escribió durante aquellos años en un estudio que la periodista y escritora Carmen Debén describió: «…rodeado de animales exóticos y otros objetos como una espingarda, un arcabuz turco, una esmeralda de Colombia en rica viva, un espectacular loro, horroroso… y amuletos extraños», en un periodo de intenso trabajo literario, al margen del alimenticio en «Selecciones de Reader`s Digest», que la periodista al final de su entrevista con Quiñones, lo expresaba diciendo: «Y así, latiendo en el espíritu andaluz, su pasión por la música, comienza a trabajar. Poemas y novelas extensas, artículos en los “Cuadernos Hispanoamericanos”, en los diarios de Madrid, en la que plasma su turbulenta imaginación y sus horas de reconcentración allí, en su estudio».
El seminario rinde homenaje al poeta y narrador arcense Antonio Hernández
Lector infatigable, supo beber de la literatura de los grandes escritores estadounidenses: Hemingway, John Dos Passos, Scott Fitzgerard, Steinbeck, Faulkner, y otros muchos europeos: Chejov, Maupassant, Teodoro Dreisser o de Thomas Man. No olvidaba su otra pasión: la música –su Mozart admirado–, que a la vez le inspira para componer sus obras. Escribe relatos cortos, novelas y versos, muchos versos. Tenacidad y constante aprendizaje literario, para conseguir sus primeros logros, sus primeros éxitos como poeta y narrador, que no tardaron en llegar.
Así, en 1956, obtiene el accésit del prestigioso premio Adonais con el libro de poemas, «Cercanía de la gracia» y gana el importe premio Sésamo de cuentos. Dos galardones de ámbito nacional que le van hacer un hueco en la galería de los jóvenes escritores del momento y de la que posteriormente formarían parte de la llamada Generación del 50, y a los que se incluirían en la «Lírica española de hoy», antología que José Luis Cano editó en Cátedra muchos años después, en 1974.
En 1956, Quiñones obtuvo el accésit del premio Adonais con ‘Cercanía de la gracia’
Al año siguiente envía seis relatos cortos intitulados, «La gran temporada», a un afamado concurso de cuentos de uno de los periódicos más antiguos de la Argentina, el bonaerense «La Nación», fundado en 1870. El jurado, compuesto por consagrados escritores: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Carmen Gándara, Eduardo Mallea y Leónidas de Vedia, le concedió el premio, entre más de trescientos originales presentados. Este galardón supuso su revelación como escritor de lengua española en Hispanoamérica.
En 1962 quedó finalista del premio con su poemario «En vida», que organizaba el Instituto de Estudios Hispánicos: el Juan Boscán de poesía. De aquel tiempo fueron estas palabras en una entrevista realizada por el periodista, poeta y crítico literario, José López Martínez, acerca del libro: «…puede catalogarse en este sentido, perteneciente al “neomachadismo”, predominando la temática España, el recuerdo autobiográfico, la meditación, el sentimiento del tiempo…» Y finalizaba diciendo: «Cualquiera de los finalistas de un premio puede ser el premio. Es cosa de suerte». Pero lo suyo no solo era suerte, porque un año más tarde, consiguió el premio de poesía Leopoldo Panero, con «En vida». El jurado estuvo compuesto por importantes escritores de la época. En el 67 volvió a quedar finalista por «Crónicas de mar y tierra», iniciando una segunda etapa en su obra, para, en 1970, dedicarse por entero a la literatura.
Después llegaron otros libros y otros premios: El Olivo de poesía, por «Memoramdum». Finalista del Planeta en dos ocasiones: «Las mil noches de Hortensia Romero» y «La Canción del pirata»; el Tiflos de poesía con «Las crónicas de Castilla»; premio Novela del Café Gijón por «Encierro y fuga de San Juan de Aquitania», o «Vueltas sin fecha» de novela breve de Juan March; «Casa puesta en placeres» recibió el premio Esteban M. de Villegas, y el Jaime Gil de Biedma por «Las crónicas de Rosemont» el mismo año de su muerte; muerte que truncó su carrera a la edad de 68 años, en plena madurez creativa. Se fue pronto, como los grandes.
El mismo escribió: «…grande en el ataúd, se le vinieron / años que nunca habría de cumplir, / aires, palabras, cifras del tiempo arribado…». Años que cumpliremos por él cada 17 de noviembre, y ya van unos cuantos sin su presencia.

