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Francisco Montes “Paquiro”, entre poemas y leyendas

Hoy 4 de abril, se cumplen 173 años de la muerte del histórico torero chiclanero

Textos: José Luis Aragón Panés
Hoy 4 de abril, se cumplen 173 años de la muerte de uno de los personajes históricos más importantes de nuestro diccionario biográfico chiclanero: Francisco Montes Reina, “Paquiro”. Su figura es de tal dimensión, que la estela de su obra “La tauromaquia” llega hasta nuestros días. A esto debemos de añadir su trayectoria como lidiador, que no fue poca, pues marcó una época de oro en la historia del toreo a pie en España y cuya fama trascendió allende nuestras fronteras convirtiéndose en la imagen del “toreador” romántico para poetas y escritores de la talla de Lord Byron, Merimée, Rilke, Alejandro Dumas, Teófilo Gautier…

Su historia es bien conocida por numerosas reseñas y semblanzas publicadas, además de la biografía –mucho más que una biografía– escrita por el Dr. Boto, “Paquiro ante la historia”. Sus leyendas, sin embargo, lo son menos. La prensa del XIX tuvo una gran relevancia, pues contribuyó de manera especial a la difundirlas. “Gracias al impulso dado por Paquiro a la Fiesta, los editores de los periódicos volvieron a publicar con frecuencia relatos de toros”, dice el profesor Juan Carlos Gil González en su artículo “Francisco Montes, Paquiro, héroe social, en la vida, y en los periódicos del siglo XIX”. Así nacía un subgénero literario, el periodístico-taurino, alimentado por crónicas de corridas, poemas a toreros, relatos y leyendas. Montes fue como un relámpago que iluminó el planeta de los toros. Con él, el toreo, salió de la oscuridad.

Paquiro marcó una época de oro en la historia del toreo a pie en España

En 1831, año de su alternativa en Madrid, su fama ya fue merecedora de un soneto en la revista “Cartas Españolas” –en la que colaboraban Mesonero Romanos y Estébanez Calderón– de un anónimo escritor, “La Máscara”: “Con fuerte astil en la robusta mano / seguro en su valor y noble traza, / provoca al toro en la anchura plaza /con sereno ademán, gentil y ufano. /Por parte el bruto feroz, bufando insano, / como al Lili de estrepitosa caza /contra el montero audaz que le amenaza / se arroja al jabalí del monte llano. / La fiera embiste con la armada frente / inspirado el horror, y el sobresalto; / pero al derrote el lidiador valiente / sobre la pica impélese a lo alto, / burla al toro, que pasa cual torrente, / suenan los vivas, y corona el salto”.

Tres años más tarde, el escritor Nicolás Fuentes, comparó su valor y vigor con Hércules: “Montes, tu esfuerzo y tu poder terrible / con Hércules compite”. Su celebridad le hizo ascender en la escala social codeándose con duques, marqueses, políticos, banqueros y hasta con la propia reina Isabel II. Otro poeta, Eduardo Asquerino, amigo de Antonio García Gutiérrez, en su poema “Los toros de Jerez” lo renombraba de esta manera: “¿Quién va la arena bordando / en plata y oro, que brilla / la luz del sol argentando? /que va la plaza cruzando / ¡Paquiro con su cuadrilla!”.

Montes fue como un relámpago que iluminó el planeta de los toros

Una de las leyendas más tempranas, data de su juventud y se le conoce como la de “Corbacho el grande” en la que Paquiro se enfrenta, junto con un amigo, a un toro bravo imposible y consigue, ante la perplejidad de los más incrédulos, llevarlo a la casa de matanza dócilmente como si fuese “una bestia de carga”. Otra de ellas es la protagoniza cuando sufría de la cogida en la pierna en Madrid, y cojeaba ostensiblemente. Se desarrolla en su bodega con unos compañeros de tertulia y “El Chiclanero”. Este, ebrio, increpó a algunos de los contertulianos. Harto, “Paquiro”, le dio con el palo –que le servía de sustento– arrojando a José Redondo, “El Chiclanero” al suelo, mientras él salía “de la bodega trabajosamente”.

En 1851, se publicó “No hay faldas en mi cuadrilla”. Se festejaba en Chiclana el cambio de gobierno municipal, y como era costumbre, se corrió un toro por la calle; no estaba ensogado y el toro hacía estragos con los que se encontraba en la calle. Paquiro, sentado junto a la puerta de su casa con su cuadrilla, los desafió a permanecer quietos hasta que el toro pasase. Todos así lo hicieron y cuando el toro pasó por delante de ellos, él se levantó, lo citó con la silla en la que estaba sentado y, dándole dos pases, le tiró la silla a la testuz.
En un tiempo ya lejano, cerca del centenario de su muerte –julio de 1946– el periódico El tiempo de Madrid, en un extenso poema, “Desengaños”, renombraba a grandes figuras de la Historia Universal, entre las que se hallaba “Paquiro”: “…Y es Homero, el Ticiano y Galileo, / Murillo, Rafael y Víctor Hugo, / En tiempos muy atrás el pueblo hebreo, / Tito después, que impúsole su yugo; / Mas ya con tanto nombre me mareo: /La gloria es todo lo que hacer le plugo / Famoso, y en su vario raudo giro /En la plaza de toros es Paquiro…”

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