Las difusas fronteras entre el ocio y el negocio

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El Museo de Chiclana cuenta con un espacio dedicado a las fiestas tradicionales de la ciudad

Respetando el planteamiento museológico original, mantiene el Museo de Chiclana un rincón dedicado a las fiestas tradicionales que jalonan con su paréntesis diversos de oxígeno las rutinas del calendario.

Entendido el negocio como la negación del ocio -aunque no pocos hagan de este su agosto cuando sea-, no está mal situada la zona dedicada a estas fiestas mayores, expresión mayúscula del ocio en la tradición. Y es que el espacio dedicado a estas fiestas viene justo después del amplio espacio dedicado a la industria.

Entre un espacio y otro, un pequeño espacio que sirve de bisagra, un espacio que sutilmente nos conduce de los días azules -y grises- de la industria a los rojos, rojísimos días de fiesta, de tres fiestas sobre todo: el Carnaval, la Semana Santa y la Feria.

Carteles y diversas piezas reflejan las tradiciones y el tiempo de ocio

Ese híbrido espacio intermedio al que aludimos está dedicado -ya hemos hablado de éste ampliamente en otras ocasiones- a José Marín Verdugo nos habla, aparte la creatividad del protagonista del mismo, de la industria -¡la Fábrica!, que así se decía. En singular y con mayúsculas- y de la Feria, pues si con algo se identifica -aunque no fuese su producto único- la Fábrica de Muñecas Marín es con esas flamencas que, en miniatura, visten como visten muchas mujeres y algunos hombres los días próximos -por delante o por detrás según cuadre el año- al trece de junio.

El traje de gitana -que se decía- o de flamenca -y el de corto, que también se deja ver, así como el de chiclanera- viene a ser el vestido oficial de las Feria y Fiestas de San Antonio.
Pero es que, además, este pequeño espacio dedicado al multidisciplinar Marín muestra también una recreación que, en su centenario, se hizo de un cartel suyo que anunció en 1929 la ferias de aquel año. Muñecas flamencas, pues, y flamencas pintadas, para conducirnos, en dos pasos, desde el mundo del negocio al ratos del ocio más o menos reglado.

Carnaval, Semana Santa y Feria están presentes en el Museo de la ciudad

Y es que el espacio que viene justo a continuación está dedicado a las fiestas tradicionales y comienza precisamente por la Feria -en lugar de haber comenzado por el Carnaval-, lo que está hecho con toda intención para facilitar el hilo discursivo, el hilo de Ariadna que conduce al visitante a través del relato que el dédalo de nuestras salas refiere.

Dos carteles originales de Feria. Más clásico uno y menos el otro. La elección de un mismo tema -no los elegimos al azar- subraya más aún las diferencias entre ambos. Los dos representan una imagen nocturna de nuestra feria. Hasta ahí, o poco más, el parecido. Uno, muy clásico, pintura al óleo, pintura casi impresionista, olvido casi del dibujo. Otro, muy de ahora, una infografía con limpieza de trazo, con predominio de un dibujo que colores planos iluminan. Referencias obvias, en uno y otro, de mundos bien diversos, también de formaciones procedimentales bien diversas. Uno, de Jose María Ávila. Otro, de Antonio Vela. No sólo dos maneras de decir, dos lenguajes distintos. Dos maneras de ver, más aún: de mirar la realidad y contárnosla. De contárnosla, eso sí, a toro futuro, a toro por pasar.

Los orígenes ganaderos de la Feria están representados con varias piezas

Frente a estos originales, y en vitrina, algunas piezas que recuerdan el origen poco ocioso de nuestra Feria. Entre éstas, un antiguo cartel que anuncia una feria de ganado -y no sólo- que servía de escaparate al mundo del campo -nuestro mundo entonces- y de respiro también en medio de rutinas a veces asfixiantes. Un paréntesis de oxígeno que decíamos.

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