Pequeños pórticos de amor y barro

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Numerosos pórticos de la ciudad revelan la huella del artista y artesano Rafael Baro

Muchas cosas hizo en Chiclana y por Chiclana Rafael Baro. A solas -soledad del artista siempre- o en compañía de otros, que también se dice. En la Asociación de Chiclaneros, por ejemplo. En los talleres que, impartió, junto a José María Ávila y Juan Panés, enriqueciendo el ocio ajeno. Otro ejemplo. En el amplio y hondo sentido del término.

De su labor como artista y artesano quedan huellas en nuestra ciudad. También en el ámbito público. En el Museo, por ejemplo, una serie de pórticos de fachadas chiclaneras que, a lo largo del tiempo, fue modelando con paciencia y mimo en la nobleza humilde del barro.
Consciente de su valor, y sensible él, supo apreciarlas. Y quizá porque las vio a veces caedizas intentó, a su manera, arrimar su hombro y apuntalarlas. Apuntalarlas como él sabía: con sus manos, voz de barro la suya, voz de alarma.

Estas reproducciones artesanales están presentes en el Museo de Chiclana

El total de esta serie se mostró al público por primera vez en el Patio de la Biblioteca Pública de Chiclana. Recuerdo la presentación. Recuerdo entrañable. Dionisio Montero aún y Rafael Baro todavía. Coincidieron ambos en subrayar el valor patrimonial -patrimonio de todos, pues de todos son, como acertó a ver el sabio Diógenes en su disfrute nada posesivo- de estos pórticos, la mayor parte de ellos de finales del XVIII o principios del XIX, tiempos en los que Chiclana participaba, hasta cierto punto, de la pujanza de una Cádiz abierta, con exclusividad comercial, al Atlántico y más allá.

La primera exposición tuvo lugar en la Biblioteca Pública de Chiclana

Medio centenar de piezas que, aparte la belleza de las mismas -descontextualizada belleza de las pequeñas copias que nos llevó a reparar en la belleza inadvertida, quizá por la frecuentación que ve lo que no busca, de los pórticos originales en el marco de su fachada correspondiente-, delicadamente clamaban por lo que, más que barruntarse, ya se veía: el acoso y derribo de algunos de estos pórticos, estos que precisamente hacen reconocibles las calles en el discurrir de tiempo, frágiles depositarios de la identidad que nos hacen entender, desde hoy, las fotos sepia de antaño.

Eran los albores del milenio. El boom imparable, y no siempre discriminador, de la construcción. Muchos pórticos resistieron en su fachada intactos. Otros, tras ejercicios de equilibrismo temporal o puzzle tridimensional, perduraron en facha nueva y más o menos fiel a la originaria. Y otros, ay, se perdieron para siempre, perdiéndose con ellos la apoyatura física la Historia y de nuestra memoria, frágil también y caediza.

La mayor parte de estos pórticos corresponden a los siglos XVIII y XIX

Alertar del peligro fue intención expresa de su autor. No podíamos permitirnos el lujo de perder aquí patrimonio, aun privado, común. Pequeñas piezas de barro que discretamente subrayaban, desde su pequeñez, los invisibles pórticos a tamaño natural de nuestras calles. Pequeñas que hablaban del amor de su Rafael Baro por su pueblo.
Hoy, aquellas delicadas reproducciones artesanales están a la vista de cuantas personas visitan el Museo y son las últimas piezas que contemplan al finalizar el recorrido por la Exposición Permanente.

Ahí, aparentemente silenciosos, siguen susurrando -amor y temor-, lo que quisieron decir a voz en grito, vox clamantis…, cuando entonces en la Biblioteca.
Ecos de una belleza inadvertida y, por ello, en peligro siempre. Ecos de barro que, con el acento de Rafael, hablando de Chiclana.

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