Tomás de Morla y los prisioneros franceses en Chiclana

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Doscientos soldados franceses estuvieron cautivos en Chiclana tras la batalla de Bailén

Cuando Frasquita Larrea conoce la noticia de la victoria española sobre los franceses en la batalla de Bailén se hallaba en Chiclana. Es el 25 o el 30 de julio –según el autor que se consulte–. Entonces escribe un exultante artículo lleno de patriotismo titulado: “Saluda una andaluza a los vencedores de los vencedores de Austerlitz”. Entre sus líneas, Frasquita da rienda suelta a su alegría escribiendo: “¡Guerreros magnánimos! El ruido de vuestras hazañas ha despertado esta antigua Nación (…) El suelo de la Andalucía, Imperio feliz del Sol, os ofrece sus laureles, sus aromas. El aura perfumada de su sereno cielo os llevará nuestros cantos de entusiasmo y gratitud”. Así sentía y así vivió aquella histórica derrota francesa, la primera en Europa del Ejército imperial de Napoleón. Por este escrito conocemos sus sentimientos, pero lo que no sabemos es cómo vivió o sintió la llegada y permanencia de los prisioneros franceses de aquella batalla en la villa chiclanera durante nueve meses. Es quizás uno de los episodios menos conocidos del periodo napoleónico en nuestra historia. Igual de desconocida es la gestión de su custodia organizada por el Cabildo y el interés –para que fuesen bien atendidos como prisioneros– del capitán general y intendente de la provincia, el jerezano Tomás de Morla (1747-1812), elegido presidente de la Junta Gubernativa de Cádiz tras la muerte del general Solano, nuestro gran benefactor en aquella época.

Los vecinos contribuyeron a la manutención de los franceses

El destacamento de prisioneros franceses que llegó a Chiclana, ya bien entrada la noche del 17 de agosto de 1808, venía custodiado por fuerzas del Ejército español y estaba compuesto por doscientos soldados, diez oficiales y un jefe. Los soldados fueron alojados en la casa que perteneció a los Rabasquiero, y entonces al general de la Armada, Vicente Ruiz Hiudobro (1752-1813) por herencia de su madre que era de la familia Rabasquiero. Los oficiales y el jefe en unas dependencias del convento de San Agustín, en San Telmo. Quizá por la intempestiva hora o por el temperamento de la vecindad chiclanera no se produjeron altercados de ningún tipo, cosa que venía sucediendo en otros pueblos y ciudades cuando pasan o llegaban a ellos.

Al día siguiente, Morla supo por un oficio de la Junta gubernativa de Chiclana que el contingente francés había arribado a la villa con diez soldados más y un cirujano, pero sin novedad; y que se encontraban confinados en los lugares indicados custodiados por miembros de las compañías de milicias cívicas en las que participaban todas las clases sociales de la villa. Todos los vecinos pudientes contribuyeron voluntariamente durante las primeras semanas a su manutención pasándoles a los prisioneros el pan, el prest (parte del haber del soldado que se le entregaba en mano semanal o diariamente), la leña, el aceite y los utensilios.

Morla tuvo una meritoria labor humanitaria con los prisioneros

Tres días después el general se hacía en elogios hacia la Junta gubernativa de Chiclana: “Al ver y considerar en la carta de V.S.S. de 18 de este mes la noble y digna conducta de ese Pueblo para con los prisioneros franceses, me he llenado de una verdadera satisfacción; y no puede menos de pedir á V.S.S. que se la manifieste en mi nombre, y que asegure á todos del honor que les resulta de su generoso y humano proceder en esta ocasión. Igual satisfacción he tenido por el atinado modo con que V.S.S. se han conducido también en ella: Su conducta puede servir de modelo y agradecido doy á V.S.S. las mas espresivas gracias aprovando como desde luego apruevo quanto han dispuesto cerca de los términos en que de hacerse la guardia á dichos prisioneros por el paisanage de esa Villa, en la qual permanecerá la Partida de Tropa que los conduxo y custodia mientras las circunstancias lo permitan”.

Los soldados permanecieron cautivos en Chiclana durante 9 meses

No sería la última vez que Tomás de Morla felicitaría al pueblo de Chiclana y a su Junta por el buen trato dado a los franceses ni dejaría de atender las peticiones que desde Chiclana le llegaban. Del mismo modo, aconsejó a la Junta de Puerto Real que acudiese a Chiclana para que tomasen buena lección de cómo eran tratados en su custodia los franceses: “Atendiendo siempre a su mayor comodidad, y a hacerle sentir, y conocer en lo posible nuestros miramientos humanos, y generosos para con ellos”.

Hasta que el general no fue destinado a Madrid, en octubre de 1808, su labor humanitaria hacia los prisioneros fue meritoria, aunque más tarde Napoleón no se la reconoció, pues cuando Morla tuvo que entregar la plaza de Madrid, el emperador lo menospreció. No así su hermano José con quien colaboró, aunque el general nunca fue adepto a Napoleón ni se levantó en armas contra España. Al retirarse de la Corte no fue molestado por las autoridades españolas falleciendo, en diciembre de 1812, en una hacienda cercana a Sevilla, ciego y con problemas renales a causa de su diabetes.

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