El agua de la mar

No hace mucho, cuando ésta, producto de la pleamar, coincidía con las aguas de la parte alta del cauce, la localidad sufría graves inundaciones, no solo en viviendas, también en las salinas

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Durante el final del mes de febrero y los primeros días de marzo se han dado unas condiciones atmosféricas en nuestra localidad que si bien nos han incomodado y han creado preocupación por los deterioros que han ocasionado en la playa de La Barrosa y en la península de Sancti-Petri, no han influido en el desenvolvimiento de la población, quiero decir en sus cometidos y aconteceres diarios.

Estas mismas condiciones si se hubieran producido en nuestro término, en nuestra ciudad, antes del comienzo del siglo XX, las preocupaciones hubieran sido mucho mayores y las perdidas económicas y estratégicas hubieran sido tan importantes que hubieran preocupado e influenciado a la mayoría de la población.

Estas inundaciones nos dejaban incomunicados con Cádiz y La Isla

Nuestro río, ría, que ahora llamamos Iro, no solo creaba preocupaciones cuando traía mucha agua de las zonas altas, cuando su cauce se colmataba de las aguas de arriba, sino que las peores condiciones eran cuando estas coincidían con la mucha aportación de las aguas de abajo, de las “aguas de la mar”, se juntaban durante algunas horas, las de la pleamar, demasiada cantidad de aguas de arriba y de abajo creando grandes y graves inundaciones no solo en viviendas sino en lugares económicamente tan importantes para nuestros bienes y trabajadores, como eran las salinas.

Pero además nos obligaban durante días a estar casi incomunicados con Cádiz y la Isla de León, lo que para nosotros siempre fue una cuestión determinante, tanto por los que iban hacia allá para portar una cantidad importante de suministros, como por los que venían hacia acá para atender sus muchos negocios y propiedades.

Cuando una fuerte borrasca proveniente, como en el caso de la reconocida como Emma del Océano Atlántico, atiborrada de humedad y portadora de fuertes vientos, penetra en la península por el golfo de Cádiz, suele dejar una gran cantidad de lluvia en las zonas cercanas al litoral además de en la misma costa. Los pequeños cauces de la provincia de Cádiz, tanto el Guadalete, el Iro y el Barbate, es frecuente que reciban más agua de la que toleran, sobre todo si el grado de esponjamiento de los suelos es alto, por lo que en muchas ocasiones suelen crear grandes avenidas y provocar inundaciones en las poblaciones que atraviesan. También el fuerte viento, que dispara a su paso jalea enormemente a la mar originando grandes olas. Si coincide con pleamares de coeficientes muy altos, hasta 106 ha llegado en esos días pasados la mayor del año, provoca que las aguas de la mar sobre-inunden nuestra marisma y el fuerte efecto del oleaje destruya muchos de los muros de “vueltafuera” e incluso de los frágiles muros interiores dañando incluso los cristalizadores. El año que este hecho se producía, no solo se esfumaría y perdería todo el pescado que se encontraba en los esteros sino que también acabaría con toda la cosecha de sal en esa temporada, prácticamente en las 40 salinas que, por entonces, se explotaban en Chiclana.

La única vía de comunicación era por los caminos de ‘Jerez’ y de ‘Malas Noches’

Las comunicaciones con la isla de León se complicarían. El camino de la Barca habría quedado degradado, aún más en su acceso al istmo de Sancti-Petri situado sobre la misma traza que la vía Heráclea romana. La barca ya dentro de la península se habría destrozado y regularmente se habrían roto todas sus amarras. Sería necesario recomponer todo y, mientras, los posibles usuarios tendrían que pernoctar en la posada aledaña y el ganado pastar por los alrededores de la Península.

El puente de barcas instalado en el caño Zurraque se encontraría destartalado y se tendría que proceder a un nuevo amarre de las barcas que conformaban el puente.

Ya en la misma ciudad, el Puente Chico habría desaparecido y sus pilas de madera se habrían desplazado hacia la “Correntín” y tal vez habrían sufrido roturas muchas de la falúas que servían para transportar personas desde Chiclana hasta la bahía gaditana. La desembocadura del Iro en el caño de Sancti-Petri tendría la apariencia de la mar océano y la navegación se haría imposible. Fácilmente algunos caños se habrían colmatado de sedimentos y barro.

La única solución para llegar a Cádiz, durante bastantes días, tan solo podía ser a través del “camino de Jerez “y el “camino de malas noches”, que a la altura del actual Barrio Jarana se uniría con el camino de Cádiz sobre la traza de antigua vía Augusta de los romanos. Estos trayectos se deberían hacer a pie o sobre caballerías pues difícilmente podían transitar los carruajes.

Incluso en la primera mitad del siglo XX, para poder marchar con carros por estos caminos en época de lluvias, se cubrían los muchos charcos y baches con infinidad de ramas de pino, que se colocaban sobre ellos asiduamente.

Eran los inconvenientes de vivir en Chiclana. Hoy como hemos podido observar y leer, son otros distintos los trastornos que se ocasionan, pero siempre se compensará con las grandes ventajas que significan vivir cerca del litoral y en las márgenes de un río.

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