Ahora vas y lo cuentas

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Las nuevas tecnologías nos han traído nuevas expectativas sociales, eso está claro. Nuestra proyección personal, hasta hace poco reducida a un círculo cercano, compuesto sobre todo de amistades y de algún compañero de trabajo, crece de manera exponencial gracias a los algoritmos de las redes sociales. Paralelamente, aumenta el nivel de exposición de nuestras propias vidas, aumento promovido en la mayoría de los casos con nuestra inestimable complicidad.

Apenas quedan personas que soplen las velas el día de su cumpleaños sin que reciban un aluvión de fotos, prácticamente las de un photocall de un evento de moda, y muchas son las madres que reprenden a sus hijos por no forzar una sonrisa al tiempo que se esfuerzan en librarse el envoltorio de los regalos. – ¡Hijo, pero no pongas esa cara, que en Instagram va a parecer que estás tonto!.

Es inusual que esperemos al resto de los comensales, cuando el hambre aprieta, pero no nos parece una descortesía dejar que se enfríe nuestro plato, cocinado con esmero por nuestros magníficos hosteleros, si tenemos que dedicar unos minutos a retratar semejante manjar, y otros tantos en idear una frase divertida con la que acompañar en las redes lo que estamos a punto de digerir. A esto, en Chiclana lo llamamos “comer con los ojos”.
Hemos sido testigos necesarios del gradual moreno de las pieles de nuestras vecinas, de sus amigas, de las amigas de sus amigas, porque nos lo han contado con todo lujo de detalles, dando incluso la posición exacta en la que tomaban sol en ese momento, por si queríamos pasarnos y corroborar que el reportaje se hacía sin trampa ni cartón. Si acaso con algún filtro fotográfico, de esos que incorporan los teléfonos móviles, pero que apenas usamos.

Otra variedad interesante es la que ilustro hoy en mi foto, la de ir a un concierto de tu artista preferido, ése que llevabas años deseando ver en directo, y pasar hora y media mirando a través del móvil para grabar. Posteriormente se pueden visionar los vídeos en casa y disfrutar de su actuación como venía siendo costumbre, desde el sillón del salón. Nos cuesta vivir, y mucho más hacerlo sin contarlo.

Mucho se podría escribir sobre ésto. Sobre la cantidad ingente de datos que los jóvenes se traspasan mientas juegan al Fornite, o sobre el número de accidentados que provoca conducir mientras nos grabamos, el peligro que supone fotografiarnos junto a un acantilado o grabar un incendio, en lugar de sofocarlo. El caso es que prima relatarlo. Somos biógrafos autorizados de nuestra vida y nos afanamos en describirla para disfrute de todo el personal.

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