El catastro de la Ensenada en Chiclana, segunda parte

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A mediados del siglo XVIII, la ciudad contaba con poco más de cinco mil habitantes, según este documento

Como continuación del artículo publicado en la anterior edición seguimos conociendo cómo era la Chiclana de mediados de siglo XVIII basado en los datos hallados en el Catastro del marqués de la Ensenada. Así podemos saber que la población alcanzaba la cifra de 1035 vecinos –5.175 habitantes–. Ninguno de ellos vivía en el campo. Las casas eran 888, además de 53 de techo de Paja a las que se añadían 10 que estaban en alberca –que solo tenían paredes, pero carecían de techo– por lo que eran inhabitables.

Olivos, viñas, hortalizas y frutas eran los principales cultivos existentes

En otras respuestas conocemos la producción agrícola de las tierras, tanto en número como en valor. Mayoritariamente se cultivaban: olivos, viñas, hortalizas y frutas (higueras, granados y membrillos plantados en las márgenes de las viñas y regueras de las huertas) y cereales (cebada: 8000 reales de vellón, trigo: 15.000 y saína: seis mil. El limón y la naranja por el corto número árboles se consideraban sin ninguna utilidad. Otra de las riquezas importante de la tierra –22.500 reales de vellón– eran los pinares con 7500 aranzadas que “producen por aranzada una carretada y un tercio de otra de leña, la mitad de tronco y la otra de rama”. En esta misma respuesta se menciona a los herederos del Conde del Pinar y a Carlos Maria Brecaxili, ambos vecinos de Cádiz que “poseen en este termino dos Haciendas”. Todas estas tierras pagan sus impuestos –los diezmos–a la iglesia de Cádiz, “Primicia a los curas de esta villa que consiste en media fanega de trigo de cada labor o pegular (…) y al Voto de Santiago que recauda la Santa Iglesia de Compostela en Galicia”.

Una de las riquezas más importantes era las 7.500 aranzadas de pinares

En referencia al ganado y las distintas especies animales existentes señalaban: “Lanar, cabrío, Bacuno, de Cerda, Yeguas y Jumentas, y no ai vezino alguno que tenga Cabaña o Yeguada fuera del termino. Cada especie se valoraba así: “Una Baca de veinte a dose Reales; una Yegua dies y seis y dos tercios; una Cerda treinta y seis; una Cabra por razon de cria y leche trece Reales; una oveja fina por razon de cria y lana siete Reales y tres quartillos de otro; una oveja vasta produce en cria y lana siete reales catorce maravedís; un carnero fino rinde por razon de lana quatro reales añuriales; uno idem vasto contribuye tres Reales veinte y dos y dos tercios; una Ternera produce dies Rs. once maravedis y un tercio”. No existía ni lugar para el esquilmo de los animales ni colmenas.

En cuanto a la industria, el interrogatorio preguntaba si existían minas, salinas, molinos de aceite, de papel, batanes u otros artefactos, a lo que contestaron que había 10 molinos que producían 41.000 reales de vellón. Cuatro molinos harineros: 9000 reales. Cuatro tahonas “que dan 1740 reales de vellón. Un molino de viento y dos molinos de yeso que redundan 660 reales de vellón”. Curiosamente no se menciona ninguna salina.

Los diferentes molinos constituían la base de la industria local

Parte fundamental entonces para una población rural eran los Propios del Común. Su relación es amplia. Comenzaba con la dehesa de La Nava y seguía con “las tierras que nombran Juan Correal. Otros Propios consistían en “el valor de pieles quiebras y menudos de los Ganados que para el abasto publico se cortan en la Carnicería y Rastro. El valor del fruto de la vellota en los chaparrales, el arrendamiento de la oficina de Panadería, el de una Asesoría que sirve de oficina publica para el corte del tozino del abasto comun, el de alquiler de una Asesoría que está en la esquina de la Carnicería, y trescientos y cuarenta Censos impuestos sobre tierras del termino y casa de esta Villa, que contribuyen sus vecinos cuyos productos ascienden a veinte y quatro mil quinientos cuarenta y ocho Rs. vellón”.

Todos ellos servían para pagar y soportar los siguientes gastos: la asignación del corregidor, del procurador mayor como secretario de cartas, y los salarios del escribano de Cabildo, el tesorero de Propios, el pregonero, al celador guarda mayor de montes, al maestro albéitar por su existencia al registro de yegua, a los porteros del ayuntamiento, al fiel de carnicerías, al alcaide de matadero al encerrador del ganado vacuno, al receptor de carnicería, al cortador tablajero, al relojero, al correo diario, a un agente que la villa tenía en Sevilla, verederos, conducciones de reos, reemplazo de quintas, fiestas de Purificación, la de Desagravios, la de Ntra. Sra. De los Remedios, y la del Corpus Christi. Al mesonero se le paga un canon por “tener acuartelados y recogidos los soldados de á Caballo que en esta Villa existen de prefixo para el auxilio de las Rondas del resguardo de todas las rentas Reales”. Estos gastos suponían 28.132 reales de vellón y cinco maravedíes. Los ciudadanos, por su parte, pagaban las contribuciones de Paja, Luz, Lumbre y utensilios –4198 reales y diez maravedíes–. Otros impuestos “eran pensionados” por el Caudal de Propios.

En el próximo número finalizaremos con otras sugerentes e interesantes respuestas.

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