Detrás de la fachada

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jesus_romeroJESÚS ROMERO

Director Casa de la Cultura y Museo

No puedo evitar recordar -y más ahora que las elecciones se acercan- eso que cantaba Serrat para repetirnos que detrás de esto y de aquello está siempre la gente, y que la gente no es un ente abstracto que, en caso de que anden mal las cosas, designa siempre a los otros. Sino que somos nosotros. Y no todos nosotros -ese todos en que el individuo y su responsabilidad se pierden-, sino, uno por uno, cada uno de nosotros. Lo digo porque con frecuencia, cuando caemos en la cuenta de haber hecho algo equivocado, buscamos esquivar el dedo que nos señala dirigiéndolo sobre otros. Esto pasa también cuando de ese patrimonio de todos que son las fachadas que deciden el aspecto de nuestras calles se trata. Siempre hay otro que tiene la culpa. Los políticos sobre todo. Hay qué ver lo que han hecho -casi “Ay, ved lo que han hecho”-. Y sin embargo, no todo es asunto político en el sentido estricto del término. Aparte las grandes -afortunadas o desafortunadas- cosas, están las cosas pequeñas.

Por ejemplo: esos pequeños pórticos sencillos y bellos de casas particulares a las que, de la mano de Rafael Baro nos referimos hace unos días. Su alerta no iba dirigida sólo a la clase política. Era un toque de conciencia a cada uno de nosotros. Mirad que frágil la hermosura, qué desprotegida aun resistiendo siglos. Pero llegó el boom, el el requetebún, y luego en plaff de fin de fiesta en cuyo desinfle fuimos abriendo los ojos: a pesar de los avisos, nos la habíamos cargado. Aquella humilde, sencilla, frágil belleza. Todo se tradudía en dinero. Pero, ay, traduttore, traditore. Y hasta hubo beso en la noche de la entrega. El dinero, dijimos. Pero el dinero es cosa que está ahí. La codicia, debiéramos decir. La codicia que anida en cada uno de nosotros. Detrás de aquel acoso y derribo estaba la gente. Uno y otro, y otro.

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