El enemigo invisible

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Escribía H.G.Wells a finales del siglo XIX una serie de relatos que finalmente se convertirían en libro sobre un científico que conseguía, usando propiedades de refracción de la luz, ocultarse a los ojos de los demás, hecho que aprovechó para delinquir como un poseso. Así, se convertía es el peor de los enemigos, en una plaga prácticamente indetectable.

Algo así pasa con el COVID-19, que no se puede identificar a simple vista. Eso nos debería tener en un permanente estado de alarma, nos debería obligar a mantener una serie de precauciones que nos expusiera lo mínimo posible al contagio, más aún ahora, que comienzan las primeras fases de la desescalada y nos podemos topar con el hombre invisible a la vuelta de la esquina…

Pero no. Resulta que la laxitud de las normas de alarma nos ha convertido en personas despreocupadas, y nuestra memoria, que en poco se diferencia a la de un pez, ha dejado de tener presente los terribles días de confinamiento, el desastre que ha supuesto para miles de familias que han dejado en el camino a sus seres queridos y la losa que pesa sobre la economía, una circunstancia cuyas consecuencias perdurarán en el tiempo.
Lamento no ser muy positivo en esta ocasión, queridos lectores, pero la observación de escenas cotidianas durante estos primeros días de desescalada me ha dejado realmente preocupado. He podido observar a jóvenes en reuniones de 10, 15 personas echando unos “pitis” a la sobra de un puente, sin guardar distancia alguna entre ellos, incluso forcejeando entre bromas. Me he cruzado con decenas de viandantes y muy pocos son los que han evitado aproximarse, y prácticamente ninguno usaba máscara de protección y, para colmo de males, vuelvo a detectar quienes aprovechan la invisibilidad que les otorga la merma de personas en las calles para actuar de manera vandálica, incívica. Así, el busto de nuestro laureado poeta García Gutiérrez, que se sitúa en la Plaza Patiño, ha sido objeto de una pintada por parte de algunos ciudadanos. El enemigo invisible vuelve, y no en forma de virus, sino de la mano de los mismos de siempre, de los que pueden convertir nuestro esfuerzo en agua de borrajas por hacer un chiste con sus colegas.

Solo espero, y deseo, que no olvidemos que ese enemigo indetectable sigue en la calle, por lo que no es prudente bajar la guardia. Solo si le tendemos una trampa acabaremos con él, pero una rendija minúscula nos dejará expuestos y nos devolverá al comienzo de este libro de terror.

Félix Alonso del Real

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