Rincones del museo

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El director del Museo de Chiclana, Jesús Romero, inicia una serie de artículos sobre este espacio expositivo que cumple una década

Frecuentamos tanto el espejo que nos sorprende la sorpresa que causamos en quienes hace tiempo no nos ven. Y digan lo que digan, leemos en sus sus ojos y a buen entendedor… Que uno no tiene ya una edad, sino sino varias.
También las ciudades tienen sus edades. Y crecen…

Hace unos días, vino a verme -al hilo de una exposición futura- mi amigo Paco Montiel, foto antigua de Chiclana en mano. Mira, me dijo. Miré. Y así, a bote pronto, me salió un desajuste de años nada despreciable. La posguerra, ¿no? Por el paisaje, sí, y por la indumentaria del paisanaje sobre todo.

Años sesenta, me dice. Y miro. Y, como cantaba Manrique, contemplando despertó mi alma dormida, y recordé aquel burro que tenía mi abuelo. Aquellos amplios refuerzos en sus pantalones de trabajo a la altura de las rodillas. ¡Recordé! O sea, que, aunque no en la foto, yo estaba ya ahí, en esa Chiclana de entonces, en ese tiempo que fue. Y que somos.
¡Cuánto ha cambiado Chiclana! La asiduidad del trato nos hace invisible su estirón. Quién iba a imaginar, por ejemplo, entonces un museo aquí. Pues bien, de estas cosas del Museo donde Historia y memoria entrañable se entreveran iremos hablando, poco a poco, en este rincón.

Jesús Romero

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