José Napoleón Bonaparte en Chiclana

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Se cumplen 210 años de la visita a Chiclana de Jose I, rey de España por designación de su hermano, el emperador Napoleón

José L. Aragón Panés
El 19 de febrero de 1810 –ayer hizo 210 años– el Cabildo de Chiclana esperaba inquieto a la entrada de la villa por el camino de la Isla de León, a que llegase un rey desde Jerez de la Frontera. Lo esperaban el día antes, pero no vino.

El monarca era, un rey intruso en el reino de España y de las Indias: Josef Napoleón I, hermano del emperador de los franceses, que andaba visitando los pueblos de la provincia de Cádiz. Ese día pernoctaría en la villa chiclanera. Poco conocemos de esta breve estancia, salvo que fue agasajado por la elite local –civil y eclesiástica–, afrancesados, juramentados y miembros del ayuntamiento chiclanero, a los que confirmó en su empleo (corregidor, regidores y resto de empleados). Se hospedó en la que fue la Casa Grande de don Alejandro Risso –actual edificio del Ayuntamiento– y no en una de las casas, como se creía, del marqués de Montecorto en la calle Hormaza, cosa que descubrió hace unos años, el investigador Jesús Damián Romero Montalbán en nuestro Archivo Histórico Municipal. Era esta, posiblemente, la mejor casa de la villa, y su administrador, José Sibelo, obtendría por ello la exoneración de contribuciones, un sueldo de ocho reales diarios y otros privilegios más. También se hospedaría en ella, en julio de 1812, el mariscal Soult, duque de Dalmacia, el llamado virrey de Andalucía. Así se recoge en el acta capitular del día 4 de julio: “…se provea el Almacen de Paja para sus caballos y equipajes, y se amueble la Casa de Risso que es la que esta destinada para el alojamiento de su Excelencia”.

No hay ninguna razón para que se le dedicara un altar con su nombre

Al margen de la constancia de la llegada real tenemos en la iglesia de Jesús Nazareno un óvalo en un altar que según contó Domingo Bohórquez –precursor y autor en el siglo XX de una amplia historiografía sobre temas chiclaneros y que fue ejemplo de erudito y versátil geógrafo, demógrafo e historiador incansable– está dedicado a la figura de este rey, Josef Napoleón I. Para aquellos que nos sentimos mil veces deudores de nuestro añorado, Domingo, no es fácil decir que estaba errado. A él le debemos una obra completísima y fundamental para conocer y profundizar en la historia de la ciudad. Entre sus estudios publicados se halla el libro, El Convento Recoleto de Jesús Nazareno de Chiclana de la Frontera (1998). En dicha investigación señala que, en la parte superior de una de las capillas laterales, la que actualmente se haya en su hornacina la imagen de Ntra. Sra. de los Dolores, “… se encuentra un óvalo con el nombre del rey José I Bonaparte”.

Convento Recoleto de Jesús Nazareno, en el óvalo superior se puede leer IOSEPH.

Sin embargo, desde nuestra más modesta opinión, creemos que no es así. Es cierto que lo parece. No obstante, existen evidencias y razones para que nos detengamos en ello y dejemos fijados para siempre esta sencilla y a la vez rica discusión –sana discusión entre los que conocemos la historia del óvalo– en el que se puede leer: IOSEPH. Hay que fijar bien la vista, observarlo mejor o tomar una buena fotografía, para constatar que en realidad lo único que existe es el nombre, nada más, de José en latín como corresponde al marido de la Virgen María. ¿Porqué IOSEPH? Pues porque el altar primitivamente se encontraba bajo la advocación de San José. En páginas posteriores (la 307) lo relata el propio Domingo en el tercio final del libro: “Desgraciadamente los gustos imperantes en cada época han ido desdibujando las distintas advocaciones bajo las cuales se construyeron capillas y retablos y creemos que, prácticamente, ninguno conserva sus titulares. En el siglo XVII sabemos que existían tres capillas laterales bajo las advocaciones de Jesús, María y José, donadas a don Carlos Presenti, en 1672”. Por tanto, es el propio Domingo quien nos da la primera pista, y de ello se deduce que una talla de San José o la de “San José y el Niño”, que ahora se encuentra en un altar frontal delante del retablo y capilla mayor, en el lado derecho, estaba en el altar en el que actualmente se halla Ntra. Sra. de los Dolores.

El monarca se alojó en la Casa Grande de don Alejandro Risso, actual Ayuntamiento

Como el tema resultaba chocante, investigamos en diversas iglesias bajo la advocación del santo. El nombre de IOSEPH está inscrito, como en nuestra iglesia, unas veces arriba de la talla o imagen; otras debajo, pero siempre en el mismo orden en que aparecen las letras, es decir, permanece de manera inalterable. En función de la época o periodo histórico que se construyeron las hornacinas de las capillas la disposición de las letras se agrupa de manera diferente. De esta manera, durante los siglos XVI al XVIII, las letras finales, PH están engarzadas. Ese es nuestro caso, lo que puede llevar a confusión, pues la línea final de la hache nos puede parecer la letra I mayúscula, de primero –en numeración romana–. En realidad, debería aparecer: IOSEPHI. Si estuviese dedicado a un rey, el óvalo debería estar surmontado por una corona real, similar a la corona de Carlos III que se halla en el púlpito de la iglesia de Santiago en Cádiz.

En una revisión bibliográfica sobre José I y su relación con la iglesia de España no hemos hallado nada similar, salvo el blasón (sin nombre alusivo) en el exterior de la iglesia del convento de San Benito en Valladolid, único en la fachada de una iglesia en nuestro país. Por otra parte, es necesario conocer que el rey José I decretó, en 1810, la supresión de todas las órdenes religiosas, sobre todo las masculinas, exclaustrando a sus moradores. En Madrid construyó plazas públicas sobre las ruinas de iglesias y conventos que previamente había mandado destruir. No, no mereció honor alguno para dedicarle un altar. No fue una verdadera Majestad Católica como sus antecesores en el trono de España. Del mismo modo, que no fue bebedor, a pesar que la leyenda española lo tachó de borracho. Fue otras cosas y quiso ser, un buen rey, pero no se lo permitieron ni los españoles, ni las circunstancias. Por tanto, no había razón alguna para dedicarle un altar con su nombre por el solo hecho de pernoctar una noche en la villa chiclanera.

 

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