Terapia ecuestre para combatir el miedo

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caballos

CRISTINA REYES/Chiclana

El cariño con el que tratan a las personas en el centro hace que los padres se sientan seguros al dejar a sus hijos allí

La  Asociación Hípica y Terapéutica Santa Ana, entidad sin ánimo de lucro, lleva poco más de un año en funcionamiento. Se trata de un centro donde se imparten terapias ecuestres como rehabilitación complementaria para diferentes enfermedades como autismo, síndrome de down o parálisis cerebral. El andar del caballo se asemeja mucho a la marcha humana y eso estimula a los usuarios, ya que, al andar erguidos, simulan estar caminando por sí  mismos.

Para la primera toma de contacto entre el caballo y el alumno utilizan a Luna, un poni de color castaño más grande de lo habitual pero más pequeño que un caballo. “Realizamos un estudio individualizado”, explica la monitora Soraya Román. En el centro cuentan con terapeutas, psicopedagogos,  fisioterapeutas, monitores de equitación y voluntarios que intervienen también en las terapias. “El objetivo de la asociación es que se haga una terapia fuera del entorno habitual de ellos.  Estamos en el medio ambiente, se relacionan con el animal. El caballo, a nivel emocional, sabe cómo tiene que actuar en cada momento”.

No hacen distinción alguna entre sus alumnos y la franja de edad es muy amplia. Entre sus alumnos tienen a una persona de 54 años y a un niño de 5. Este último es el caso de Jaime, un pequeño con síndrome de down que lleva acudiendo a las clases desde que se creó la asociación. Su sonrisa y su simpatía conquistan a cualquiera. Su madre, Susana Segundo, ve a su hijo ilusionado con las clases “es cierto que le cuesta arrancar, prefiere estar viendo la tele pero cuando llega aquí se le cambia la cara. Le gusta dar paseos a caballo y es muy colaborador. Cuando empezó le daban miedo los animales y ya se le va quitando. Además, estas clases le ayudan con el equilibro y la comunicación”.

Las clases son individualizadas y normalmente les acompañan dos personas aunque, dependiendo de las condiciones de cada uno, puede ir otra persona más. En el caso de Jaime le pueden acompañar sólo dos, una para que lleve al caballo y otra para que interactúe con él. Mientras está montado en el animal hace ejercicios de motricidad a través de juegos, incluso es capaz de ponerse de pie encima del caballo. La felicidad del pequeño jinete se puede palpar nada más subir a lomos del animal, al principio Jaime se muestra un poco tímido pero después no deja de hablar. Repasa los colores con los voluntarios y obedece en todo lo que se le dice. Además, una vez coge confianza, incluso comienza a cantar.

Para Soraya es una satisfacción observar cómo van avanzando en las clases. “Una vez un padre me llegó a decir que nunca hubiera pensado que su hijo podría montar a caballo y, sin embargo, lo ha conseguido”. Aun así, señala que “un niño que venga y que no sabe andar no vamos a conseguir que ande, pero el caballo le va a ayudar”.

Para el próximo fin de semana quieren llevar a los alumnos a dar un paseo a caballo por la playa junto a los que dan clases de equitación, “esto es algo que les va a encantar seguro”.

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