Una fraternidad ilustrada

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El Museo de Chiclana muestra en una exposición el lado más íntimo de Vincent van Gogh

Recién inaugurada la exposición fotográfica -aunque no sólo pues aparecen éstas acompañadas de una interesante muestra de objetos, ayer todavía presente en ellos y palpable- sobre los oficios, y a punto de inaugurar las que vendrán a completar la oferta expositiva -en lo que a Temporales se refiere- de este otoño, prestaremos hoy atención a una pequeña exposición que está resultando especialmente atractiva a los visitantes.
El título de la misma -”De Vincent a Théo”- ya sugiere esa base epistolar de la que parte y que la sustenta. Se trata, ya se adivina, de la correspondencia que durante años mantuvieron Vincent van Gogh y su hermano Théo. Una correspondencia asidua, casi compulsiva por parte del pintor, que ha sido recogida y, una y otra vez, publicada bajo el título Cartas a Théo.

La muestra estará abierta al público hasta el 20 de noviembre

Son las cartas de un pintor, sí, pero de un pintor que le escribe a su hermano. Y son las cartas de un hermano a otro, sí, pero de un hermano pintor a otro que admira y que comprende -o lo intenta- al artista. Por esto, el interés de esta correspondencia es doble. Supone un acercamiento de primera mano al Van Gogh artista genial a la par que un acercamiento entrañable a la complejidad humana, a la hondura de su mirada, nada ajena a su obra.

Una selección de cartas de una prolífica producción epistolar -Van Gogh era consciente del valor documental de la misma, incluso de su valor literario, hasta el punto de solicitar a sus destinatarios que conservaran estos escritos suyos- que comenzó el 29 de septiembre de 1877 y se prolongó hasta la víspera casi de su temprana muerte, y que presentamos en una cuidadísima edición facsimilar que en todo respeta los originales.

Las cartas escogidas -atendiendo a aspectos varios que, desde perspectivas diversas, compongan un puzzle más o menos completo que retrate a este artista que tantas veces, pincel o pluma en mano, se retrató- se muestran aquí acompañadas de cartelas que traducen significativos fragmentos de las mismas. A través de ellas nos acercaremos a sus inquietudes artísticas, a la propia apreciación que de su propia obra hace, a sus expectativas y sus consecuentes decepciones, a su incansable afán de aprender contra los vientos y las mareas adversas, a sus preocupaciones cotidianas, a sus necesidades -como la reiterada necesidad de dinero, acuciante muchas veces- y sus angustias de índoles varias, al lugar que en su vida ocupan el amor y la amistad, etc. Y, en todas ellas, el amor a su hermano y la gratitud que le profesa. Y, a través de ellas, el amor de Théo por su hermano, por su hermano genio y por su frágil hermano enfermo también.

La historia de una fraternidad ejemplar; de una fraternidad, además, ilustrada, que reza el subtítulo de esta exposición.

Y es que estas cartas del artista a su hermano, valiosas ya por los mismos textos incluyen, además, con mucha frecuencia dibujos suyos. Dibujos en hojas sueltas que se adjuntan en el sobre, dibujos intercalados entre los párrafos de las epístolas, pequeñísimos dibujos que, entreverados con ellas, cuelan entre sus líneas. Dibujos que, a veces, son apuntes del natural, del entorno más inmediato; dibujos que, en ocasiones, son bocetos de obras hoy populares y reproducidas hasta la extenuación. Tal es el caso de la conocida “Habitación de Arles”. En la carta en que el pormenorizado dibujo de esta se inserta, hace, con no menos pormenor, el pintor un listado de los colores que a cada objeto dibujado correspondería en la pintura: “Las paredes son de un violeta pálido. El suelo es de baldosa roja. La madera de la cama y las sillas son de color amarillo, como el de la mantequilla fresca. Las sábanas y las almohadas, de un verde limón muy claro. La colcha, escarlata. La ventana, verde, la mesa del aseo…”. ¡El color, fundamental en un salvaje de la pintura, que aquí es sólo palabra escrita o que desaparece en los impresionantes trazos de un pintor que fue un excelente dibujante también. La edición de los cuadernos de Van Gogh que acompañan la muestra lo corrobora.

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