Adiós a las mascarillas

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La eliminación de la obligatoriedad de llevar mascarilla en espacios cerrados, con las excepciones de espacios potencialmente de riesgo, en vigor desde ayer miércoles, 700 días después desde que se publicara en el BOE, el 20 de mayo de 2020, la orden que regulaba su uso obligatorio, es, sin duda, un paso más en la recuperación de la normalidad y, por ello, es una buena noticia. Sin embargo, sería un error ligar el fin de la obligatoriedad de su uso con que la pandemia ha finalizado. Por el contrario, el virus sigue presente y las cifras de nuevos contagios siguen recordándonos esta realidad.

Durante casi dos años, las mascarillas han sido tanto el símbolo de la pandemia como la herramienta más eficaz para prevenir los contagios y protegernos del virus, por lo que muchos ciudadanos recibirán esta desaparición con alegría, como una liberación, mientras que otros lo harán con preocupación y, tal y como sucedió cuando se eliminó su uso obligatorio en exteriores, seguirán utilizándolas. Ambas opciones son válidas siempre que se utilice el sentido común en función de posibles situaciones de riesgo.

Es evidente que la situación actual no es comparable con la existente hace casi dos años y en este cambio ha jugado un papel primordial la vacunación masiva de la sociedad.
Del sentido común y de la responsabilidad de todos nosotros depende que no haya que dar pasos atrás y seguir avanzando en la normalización progresiva de la vida cotidiana de cada uno de nosotros.

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