El alma de la tierra, si existe

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El Museo de Chiclana acoge la exposición “Dejando Huella”, de David Gil Martín

Si “Maestros del Grabado Contemporáneo” nos permitió echar un vistazo, en botones de muestra, sobre la diversidad procedimental -y no sólo procedimental- que caracteriza al grabado del último siglo, “Dejando huella” nos permite adentrarnos, con mayor detenimiento y hondura, en el obra de uno de esos grandes maestros a los que el título de la primera exposición ahora citada hace referencia: Daniel Gil Martín.

Cincuenta obras que recorren su larga trayectoria, su prolífica producción. El perfeccionismo técnico bastaría, por sí, para cohesionar un conjunto procedimental y temáticamente diverso.

Pero no es sólo su mano -su quehacer- la que unifica, sino el artista todo -su queser, que podríamos decir-. Tras su obra, sosteniéndola y desvelándose en ella, trasunto ésta de sí, memoria compartida que, suya, se vuelve casi nuestra.

La conciencia de la materialidad transita el conjunto de su obra. La conciencia de la fragilidad de barro que somos, del barro que nos rodea, del barro que funda y nos aguarda. La fagilidad de las flores -más aún cuando el olvido de la tierra pretende subrayar con el apremio su belleza- igual que la fragilidad de las pesadas máquinas del tren -magníficos “¿En vía muerta?” o “por la rosa de los vientos”-.

Lo delicadeza, aquí, está en la mirada poética -reflexiva y recreadora- que, desde sí, enrasa lo diverso, lo aparentemente tan diverso, lo tan igualmente caedizo, pasajero.
No es pues la suya una delicadeza de sus manos -que también-, sino una delicadeza previa que mira, que señala y que nos dice. La conciencia de la tierra, de que toda torre alzada es al cabo, como decía la copla, “torre de arena”.

El tiempo, Saturno siempre, que genera y que devora -carcoma de las horas, de los años, de los siglos, qué más da-. El abandono, la ruina, el olvido. El silencio.
Y antes del silencio inapelable, este canto postrero que prolonga o rescata… un tiempo más, pero tiempo.

Así, aunque madrileño durante largos años, la tierra permanente de su infancia y sus retornos, se hace presente en obras llenas de cariño, de ternura, de recuerdos que conserva la memoria que es. Buhardillas llenas de objetos que tuvieron casi vida y que ya no, arrinconados juegos de ayer, utensilios caídos en desuso que obligan a una mirada nueva, habitáculos de ayer o antes de ayer deshabitados donde sutilmente la te la vida ausente en la penumbra, bodegones del tiempo pasado que la belleza -la que contempla, la contemplada- redime, la ayer -por cotidiana y frecuentada- apenas percibida,…

Bellezas de ayer traídas al presente del corazón. Lo mismo la belleza de una construcción rural que sin estrépito se derrumba, que los nobles sillares del claustro que persiste en su pulso a sabiendas de que tienen sus batallas exitosas perdida la guerra de antemano.
¡Cómo se oye en estas obras de Gil Martín el silencio!

Una exposición para ver, sí, y para oír. Más aún, para escuchar. Latido o carcoma, que así es a la par la vida.

Y frente al artificio humano, la renovación donde lo perdido aparenta perpetuarse. La Naturaleza. Los árboles que dan su fruto.

Pero no digamos árboles, no. Digamos, como este madrileño segoviano dice, higuera, castaño, olivo o encina. Que así lo dice porque así lo sabe.

Delicada y honda sabiduría de un oficio y no sólo.
De una mirada, espejo del alma. De alma de la materia, si tal cosa -la una o la otra- existe.

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