Ciudades que miman a sus ríos

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A lo largo y ancho del mundo existen numerosas localidades que poco a poco han ido actualizando los usos de sus canales y ríos a las necesidades de sus poblaciones

Con objeto de que a todos los ciudadanos de Chiclana nos sirva de conocimiento y ejemplaridad, hemos pensado el ir trayendo a esta página monográfica sobre el río Iro que les va acompañando con cada edición del “Periódico de Chiclana”, vistas y comentarios del tratamiento y usos que ciudades costeras desarrollan en los ríos por la que son atravesadas.

Escogeremos poblaciones que se encuentran asentadas en la costa o cerca de ellas, por lo que los efluentes que las cruzan están muy cerca del mar e influenciados, lógicamente, por la acción de las mareas y la salinidad de las aguas de mar.

Somos conscientes del error que puede suponer el pensar que todos los diferentes tratamientos que se le dan a los ríos en los distintos lugares son posibles implementar en nuestro Iro, por lo que no es ello lo que pretendemos reseñar. Si podremos demostrar cómo se han ido actualizando los usos de los canales y ríos a lo largo de los tiempos e incluso cómo se han ido adaptando sus cauces, mejor sus riberas, a las necesidades de las poblaciones por las que cruzan.

Hoy os proponemos que observéis las singularidades de la ciudad de Aveiro, una de las ciudades más bonitas de Portugal.

Aveiro se encuentra situada en el norte de Portugal, cincuenta y cinco kilómetros más arriba de Coímbra y a 75 kilómetros al sur de Oporto, ejerce como capital del distrito del mismo nombre y la ciudad cuenta con unos 73.000 habitantes. Se ha ido configurando, a lo largo de los tiempos, entre diferentes cauces de agua de mar y unida a una gran superficie formada por lagunas y marismas. La ría de Aveiro esta considerada como de las más bellas de Portugal y cuenta con cuatro canales ramificados en los que evacuan los ríos Vouga, Antúa y Bocco. Estas características orográficas e hidrográficas, hacen a una ciudad muy discontinua, desparramada y plana, con un suelo a muy poca elevación sobre el nivel del mar.

La acumulación de los arrastres limosos de los ríos originó ya en el siglo XVII que se colmatara la salida directamente al mar de estas aguas lagunares y de zona de marismas, por lo que se transformó toda ella en una laguna infecta sin posibilidades de generar tráfico hacia el interior ni movimiento de mareas que las limpiaran. Se solucionó el problema mediante la construcción de un gran canal artificial y navegable que comunicaba, y lo sigue haciendo, con el Océano Atlántico. Esta gran obra se realizó en 1806 y fue dirigida por el francés Oudinot.

Curiosamente en 1807 se colocó la primera piedra del “Canal del Príncipe Almirante” que debiera de haber unido el caño de Sancti-Petri con el casco histórico de nuestra ciudad. La llegada de los franceses en 1811 y la inestabilidad política unida a las penurias económicas que sufrimos durante todo el siglo XIX dieron al traste con una obra que hubiera supuesto un profundo cambio, para mejor, de la economía de entonces y que hubiera conseguido que perdurara, su uso, para la navegación hasta el día de hoy.

En las fotografías que les mostramos se pueden observar unas raras especies de canoas o góndolas. Debido a la existencia de estas embarcaciones llamadas “moliceiros” moviéndose por los canales, repletos de agua amansada por diferentes compuertas, los más presuntuosos portugueses suelen denominar a Aveiro como “La Venecia Portuguesa”.
Estos moliceiros que ahora solo se dedican al transporte y paseo de turistas, son los herederos y deben su nombre a embarcaciones muy planas para el transporte de la sal y las más pequeñas que se dedicaban hasta el siglo pasado a la recogida del moliço, una planta acuática, un alga que crecía en el fondo de la ría y que una vez dejada secar al sol se utilizaba como abono orgánico para convertir terrenos arenosos en unas excelentes tierras agrícolas. La contaminación de los fondos acabó con el moliço y los abonos químicos hicieron desaparecer el uso primitivo de tan singulares embarcaciones.

Desde luego si el siglo XIX no hubiera sido tan nefasto para nuestros intereses y se hubiera conseguido el navegar sin problemas con calado suficiente hasta el caño aún quedarían aquellas falúas con vela latina que a tantos gaditanos transportaron, aunque ahora llevasen y sobre todo trajesen a los turistas hasta el centro de la ciudad desde Sancti Petri.

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