El buen pastor

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Seguro que ustedes, queridos lectores, han escuchado de sus padres, de sus queridos progenitores, una seria advertencia que se ha pronunciado desde el comienzo de los tiempos a todos los infantes:

– Nunca aceptes caramelos de un extraño, a la puerta del colegio.
Se podría decir que este tipo de acciones preventivas forma parte de manual imprescindible, edición ilustrada, del buen padre, de la buena madre. Y como ésta, muchas más resoluciones destinadas a proteger a los más pequeños de peligros que, por su corta edad, pueden no llegar a percibir.

Está claro que los minutos de gloria en los que se concibe una vida, nos infunde un carácter especial y nos dota de un conocimiento muy profundo que nos ayuda a la hora de tomar cuantas decisiones afectan a nuestra prole. Tal es así, que somos capaces de identificar un riesgo incluso ahora que el hombre el saco va en patinete eléctrico y ofrece un DLC para un juego de la videoconsola, en lugar de unos caramelillos de naranja.
Y dirán ustedes, pero es que ¿podría haber algo que se me escape en cuanto a la diligente educación que traslado en casa a mis hijos y que me ha convertido en un hombre de bien, en un buen pastor?. No se a ustedes, a mi se me escapan ya mil cosas, de ahí a que confíe en muchas personas, docentes, con las que trabajo codo con codo y con la mejor de las intenciones.

Si no se me escapara nada, ya habría detectado que tenemos a los jóvenes absolutamente desprotegidos. Muy pocos son los padres que entienden que un teléfono móvil, objeto realmente útil, se convierte en un peligro en las manos de un niño de corta edad, hecho del que advierten las autoridades continuamente. Claro que es difícil que lo entendamos cuando blandimos nuestros celulares para grabar a cientos de niños, a pesar de ser todo un delito contra la intimidad de los menores, durante la actuación escolar de fin de curso.
Como también somos buenos padres, y estamos realmente preocupados por el alarmante aumento de adición al juego que sufren los adolescentes (el 1% de los jóvenes de 18 años está afectado por un trastorno del juego) enseñamos a nuestros hijos a no desperdiciar dinero en las dichosas maquinitas y ni se nos ocurre invertir cientos de euros en encandiladores juegos, en los que nuestros retoños comparten pantalla y conversación con señores de 40 años.

Estoy también, más que convencido, de que hemos activado cuantos controles parentales existen para que no puedan acceder a contenidos “sensibles” a través de Youtube o para que no instalen aplicaciones android que no se correspondan con su edad y maduración, aunque bastante tenemos con recordar nuestra dichosa contraseña de Google.

En fin, que resulta que nos hemos convertido, queridos papás y mamás, en el tipo que repartía caramelos a la puerta del colegio, y del que nos advertían nuestros queridos padres. Para más INRI, en ciertos territorios, nosotros vamos a tener la potestad de decidir también si la evolución debería ser materia de estudio o si, por el contrario, es mejor una charla sobre la caza de la perdiz o unas jornadas sobre el esmerado uso de la muleta sobre la mano izquierda.

Artículo de Félix Alonso del Real

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