El esplendor perdido de la almadraba de Sancti Petri

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La almadraba de Sancti Petri era conocida por la gran cantidad de capturas que obtenía.
La almadraba de Sancti Petri era conocida por la gran cantidad de capturas que obtenía.
La almadraba de Sancti Petri era conocida por la gran cantidad de capturas que obtenía.
La almadraba de Sancti Petri era conocida por la gran cantidad de capturas que obtenía.

Hace 40 años que no hay capturas en la almadraba de Sancti Petri, actualmente sin uso, pendiente de nuevos proyectos

LUIS ROSSI/Chiclana

Nadaba un atún perdido por el litoral de la costa jandeña alejándose de un banco como queriendo no ser capturado. Preguntaba a otros peces por aquel lugar donde un día los fenicios plantaron un castillo y en cuya almadraba trabajaban hombres rudos de Huelva, Portugal y, muchos más, de un poblado chiclanero llamado Sancti Petri. El atún, buscaba su ruta por otros lares, el islote se había quedado con el templo del dios Melkart, pero de sus barcos, sus redes, sus hombres, ya no quedaba ni huella.

A finales de abril y principios de mayo, nuestra costa se viste de color para ver levantar los primeros atunes de la temporada. Desde hace unos años se ha creado la conocida como Ruta del Atún, que abarca las localidades costeras comprendidas entre La Línea de la Concepción, Tarifa, Zahara de los Atunes, Barbate y Conil de la Frontera. Ese viaje se para en la Cala de Roche y no sigue hacia un lugar, otrora centro y epicentro de una de las artes de pesca más tradicionales de la actualidad. Chiclana, Sancti Petri, su poblado y su castillo, dejó hace unos años de extraer atunes del mar, con un futuro más pensando en proyectos ociosos y turísticos y no en volver a la tradición pesquera.

Y hay que remontarse a otra época, cuando la vida era alegría en el poblado. Chanqueros y marineros de las almadrabas convivían en sana armonía. El cine abría sus puertas y, justo antes de ver la película de la tarde, la conocida como “la revista del atún”. Un noticiario documental de este arte de pesca milenario, rodado en el propio Sancti Petri y que dejaba claro a los espectadores que todo pertenecía el Consorcio Nacional Almadrabero.

Son recuerdos que pululan en la mente de un viejo marino, Jesús Gómez, más conocido como ‘el Pituta’.

“Nosotros vivíamos seis meses en el poblado y otros seis en Chiclana, desde el 5 de marzo hasta mediados de septiembre nos trasladábamos a Sancti Petri”, narra el marino con cierta melancolía. Pituta nos cuenta la vida que había en el lugar. Las calles llenas de niños, el mercado frente a la ermita, los colegios a ambos lados y justo detrás un parvulario. Precisamente, en este lugar actualmente se halla la Asociación de Pescadores Mar de Sancti Petri, estando al frente de la misma Jesús Gómez.

La almadraba de Sancti Petri se calaba a unas tres o cuatro millas del Castillo, algo que la hacía incrustarse en un enclave idílico, por donde los atunes pasan en su ida y también en su vuelta, tras desovar en el Mediterráneo.

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Estas rutas son milenarias.

Tirando de historia, los habitantes de Tiro conocían el atún por ser un pez de un exquisito sabor. Pero no será hasta la colonización de la península ibérica, cuando los fenicios conozcan las verdaderas cualidades del túnido.

Los fenicios colonizaron todo el litoral andaluz, desde Huelva hasta Almería. Fundaron, entre los siglos VIII y VII a.C. numerosos pueblos como Gadir, Abdera, Sexi…

La influencia tartésica volvió a quedar patente con la introducción de divinidades, por ejemplo, el dios del comercio Melkart (el Heracles griego y el Hércules romano), dejando como vestigio el islote que calza el horizonte de las playas de La Barrosa y Camposoto.

Quizás fueran los fenicios los principales proveedores de atún, distribuyéndose en todo su anillo comercial extendido desde Bizancio, hasta Gadir, pasando por la propia Cartago. La pesca del atún, dado su rico alimento y su capacidad de duración, era un manjar para los paladares de toda la costa mediterránea. Así lo refleja Aristóteles en su ‘Historia de los Animales’, cuando Arquetrato le comentaba: “Si vas a la ciudad esta de bizancio, cómete otro filete de atún en mi nombre, es bueno y tierno”.

Tras la fundación de Gadir, como induce Aristóteles: “Los vientos aportaron a los fenicios a unos lugares incultos, que estaban en continuo movimiento, que el Mar los cubría y descubría, dejando en seco muy grande copia de atunes, mayores que los que hay por acá”.

Fue así, como se originó el comercio de los atunes en las costas españolas, más allá de las columnas de Hércules; y desde entonces ya se daba fe del hecho de que traían el atún ya troceado y sazonado, consiguiendo así unas mayores y rápidas ganancias, por su buena calidad.

Según cuenta Jesús Gómez la almadraba no se ha vuelto a abrir “por intereses políticos”. “Ha habido gente que lo ha intentado, pero se les han puesto muchos impedimentos”, se lamenta el chiclanero.

Hoy es un poblado derruido, con una parte mirando a la pesca artesanal y la otra hacia las nuevas oportunidades turísticas, deportivas y de ocio. Cada almadrabero sueña volver a calar las redes, cargar las anclas y que aquellas grandes máquinas de vapor remolquen las cantidades de túnidos que pasan por la ruta camino a las aguas jandeñas. Aquel atún no encontró consuelo y fue el primero que cayó en la primera levantada de un tiempo distinto, donde el mar, la mar, era sustento de muchos chiclaneros.

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