El Museo de Chiclana se ha consolidado como un espacio cultural para toda la ciudadanía
Los hijos del cambio de milenio y de la crisis financiero-inmobiliaria nacieron ya con el Museo de Chiclana en ciernes, con lo cual sus primeros pasos -o los segundos al menos- los trajeron hasta las puertas del Museo. Muchos no han conocido nuestra ciudad sin éste. Otros muchos -los que sí- lo han olvidado. Pero es verdad que hubo un tiempo -más otro de los que hoy nos parece- en que visitan un templo era lo más parecido aquí a entrar en un Museo.
Aparte de algún intento de galería -afán en tierra baldía- y otras iniciativas privadas y públicas muy concretas, la Casa de Cultura -también de reciente creación- vino, hasta cierto punto, a cubrir algunas lagunas al respecto y así lo percibieron muchas personas, también los niños que, desde la ingenuidad de su corta experiencia, empezaban a desperezarse en nuestras escuelas, impagables despertadores las maestras, los maestros de nuestras primeras letras, nuestros primeros números, nuestros primeros dibujos, nuestras primeras notas… musicales.
Venían desde los colegios próximos a las salas de exposiciones de la Casa de Cultura en la calle Nueva. Allí les hacíamos visitas guiadas a veces visitas guiadas especialmente diseñadas para los más pequeños -esfuerzo de ellos por entender, esfuerzo por hacernos entender también nosotros, aprendizaje por parte y parte, enriquecimiento mutuo-, y tan contentos ellos. Y nosotros.
Numerosos escolares han realizado visitas guiadas por el Museo de la ciudad
Recuerdo -no lo he olvidado- que una maestra -del colegio El castillo, creo- tuvo la gentileza de ponerse en contacto con nosotros a final de curso para darnos, generosa ella, las gracias. Al parecer, preguntado el alumnado por las mejores experiencias de las actividades extras desarrolladas a lo largo del curso, respondió gran parte de éste que las visitas al Museo, así percibieron los niños y niñas que frecuentaron nuestras exposiciones sus visitas. Qué bonito que así. Si a alguien le sirvió para despertar el apetito y buscar saciarlo en palabras mayores, ya está más que justificado aquél intento.
Pero la ingenuidad no vino sólo de la mano de los más pequeños, no tienen éstos la exclusividad de la misma. Claro que, según edades y supuestos grados de formación, despierta la ingenuidad una sonrisa u otra.
Lo digo porque, haciendo memoria recuerdo la ocasión en que, muy interesada por una exposición acerca de Velázquez, una profesora de arte nos llamó por teléfono para peguntaron si las pinturas expuestas en la Casa de Cultura eran originales del pintor sevillano. Desconcertada, me pasó una compañera la llamada. No, todas no -le dije yo- pintadas directamente por Velázquez solamente cuatro. Y coló. Aunque creo que debió decepcionarle que “solamente cuatro” pues no vinieron finalmente a visitar aquella muestra que, bajo el título “Ante el Maestro”, pretendía -apoyándose sobre dieciséis excelentes copias realizadas por José Pérez Leal- servir como herramienta de aproximación al genio de la pintura. Los cuadros estuvieron acompañados de una interesante panelería contextualizadora y explicativas, así como de otras piezas complementarias que ayudaban a crear una atmósfera adecuada.
Antes de su apertura, lo más parecido a visitar un museo era entrar en un templo
Ahora hay Museo. Pero nos pasa, en ocasiones lo mismo. Aunque explícitamente dejemos constancia de que lo que está delante de nuestros ojos es una pintura de Federico Madrazo, copia de una obra original de Tiziano que se encuentra el el Museo del Prado, finalmente cae la pregunta: ¿pero no es de Tiziano?
Y aunque no se trate sólo de un asunto presupuestario, a veces me gustaría enseñarle al visitante nuestro presupuesto. Pero me muerdo la lengua y me guardo la información, temeroso de que pudiera parecerle demasiado a quien pregunta y se marche pensando qué derroche.

