Manuel Montes, un donante de, más o menos, aquí

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Gracias a las donaciones de personas tanto de Chiclana como de fuera de ella, el Museo de Chiclana se ha visto enriquecido en sus fondos artísticos con diferentes piezas que ahora pueden ser apreciadas por el público

Lo cantaba Serrat, y razón no le faltaba. “Detrás está la gente”. Que hablamos de donaciones, así sin más, y parece que vinieran las piezas, motu propio, al museo por su propio pie.

Pero no, son personas las que pasan por aquí, las que se acercan y las ponen en nuestras manos. Detrás de las donaciones, están los donantes, y quisiera, de vez en cuando, acordarme de ellos en estas líneas.

Con frecuencia, se nos dice -recurrente la cosa en el ámbito estrictamente político- que chiclaneros y chiclaneras lo son todos los vecinos del municipio y que no es de recibo discriminar conforme a cuna o linaje, que es como se dice el pedigrí en estas cosas.
Así se habla de chiclaneros de origen o chiclaneros de adopción, o chiclaneros residenters -no sé si extensiva esta condición también al coyuntural habitante vacacional de sólo una o dos veces.

Detrás de estas donaciones hay cariño a nuestra ciudad y a su historia

Pero esto es lo que en voz alta se dice. Luego en sordina, sin desmentir esto del todo, se escucha hablar de ello pero con otros matices.

Por ejemplo: hay elecciones locales, sorprenden -como casi siempre- ciertos resultados, y unos y otros -menos los ocasionalmente afortunados- casi se quejan “es que aquí hay mucha gente que no es de aquí y votan en clave nacional”, de manera que terminan pagando los candidatos municipales los platos que, en Madrid o por ahí, otros rompen.
Pero sí, es verdad que hay personas que pasan entre nosotros sólo temporadas -que vinieron y, aunque intermitentemente, permanecen, marchando y volviendo una y otra vez, viniendo no sólo a nuestra tierra, sino a su propia casa, pues aquí, además, han decidido tenerla.

Detrás de ello suele haber un cariño a nuestra ciudad -paisaje y paisanaje- que sustentan esta fidelidad. Algunos de estos chiclaneros de fuera, se han acercado al Museo, han establecido relación con él -con el Museo en sí, con el personal del mismo también-, y ya van años.

Manuel Montes ha enriquecido los fondos del Museo de Chiclana

Tal es el caso de Manuel Montes, cordobés de origen residente en Madrid que tiene en la zona de La Barrosa segunda residencia, hogar más que casa.
Este ingeniero de minas, de amplios intereses artísticos y cultures, se acercó un día por el Museo y, regresando al poco nos mostró -aún recuerdo el mimo que en que nos trajo envuelta la pieza- una obra que dejó para siempre en nuestras manos.

Se trataba de la inencontrable obra “Un baile en Casa de Abrantes”, ni más ni menos que la primera obra -con ella y su esperanza en la mochila viajó nuestro autor a la capital del Reino- que Antonio García Gutiérrez publicó en Madrid en 1834, dos años antes de convertirse en el exitoso autor de El trovador, cuando nuestro poeta más o menos vivía escribiendo artículos y traduciendo a algunos de los grandes románticos de franceses.
Una pequeña pieza -diálogo en verso, así consta escrito a mano en la cubierta- tan difícil de hallar que se nos asegura que ni en la Blioteca Nacional se localiza ejemplar de la misma.
No acabó ahí la cosa. Tras esta donación, vinieron otras piezas relacionadas con una de las grandes pasiones de Montes -¡es que hasta el apellido!-: la cultura taurina, asunto que -aparte el sol y playa que tanto se repite y lo trajo a nuestra tierra- lo acercó, además, a nuestra historia. Algo de lo que dan fe sus fundadas investigaciones recogidas en cuidados volúmenes plagados de reproducciones gráficas de documentos poco o nada conocidos ni divulgados.

Manuel Montes, un chiclanero, por amorosa voluntad, muy de aquí.

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