El oro blanco de las ‘minas’ del litoral chiclanero

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Pese a su continua pérdida de peso en la economía local, las salinas, una de las grandes señas de identidad de la Chiclana rural, se antojan uno de los grandes y singulares valores del territorio, con un gran atractivo turístico

Cierto es que ya no tienen el protagonismo de principios de siglo, cuando cientos de rectángulos se teñían de un blanco resplandeciente, dando vida a la frontera natural entre la tierra y el mar.

Un color, el blanco, que anunciaba y generaba una frenética actividad en la localidad, labor de la que participaban numerosos chiclaneros; familias enteras.

Asomados a las aguas de la Bahía de Cádiz, en pleno Parque Natural, los sacrificados salineros ‘peinaban’ suavemente ese manto blanco que coronaba la mágica flor de sal y que era sinónimo de riqueza, singularidad y empleo.

La sal, de cuyo milagro solo participaba la naturaleza, se tornaba fundamental en una sociedad que se encomendaba a ella para, fundamentalmente, alargar la vida de los alimentos.

Cada vez son más los visitantes que se sienten seducidos por este mágico escenario

Seña de identidad, ayer y hoy, de Chiclana, las salinas fueron cediendo poco a poco protagonismo ante el empuje de los nuevos métodos de conservación. Una retirada que a lo largo de las últimas décadas no ha dado tregua al sector, que, pese a su potencial, se ha convertido en casi una reliquia.

De hecho, hoy tan solo son dos las salinas que siguen haciendo posible el milagro de la sal, Bartivás, en la que parece haberse detenido el tiempo por su labor artesanal, y San José.
Sales de extremada calidad, muy apreciadas por la alta gastronomía y que han logrado conquistar territorios más allá de nuestras fronteras.

Un paisaje , las salinas, que con sus pirámides blancas nos recuerda las raíces más profundas de la Chiclana rural, esa que tenía en la sal, la vid y la captura del atún rojo tres de sus grandes señas de identidad.

Aún emociona ver cómo los salineros, ajenos al paso del tiempo y armados de sus palas, varas para sacar la sal y parhuelas, ‘cosechan’ pacientemente el oro blanco de la Bahía de Cádiz. Todo ello en un escenario que se ha mantenido intacto a través del tiempo y que responde a ese ‘laberinto’ que allá por el siglo VIII introdujeron en la península ibérica por los musulmanes.

Un paisaje que, como se observa en este reportaje de Pedro Leal, nos regala estampas espectaculares, únicas, y que es refugio de cientos de aves.
Valor, el salinero, por el que se debe apostar como recurso económico y turístico.

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