Ahora que vamos despacio…

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Seguimos escribiendo desde el confinamiento, seguimos esperando ver fin a estos extraños días, casi todos iguales. Supongo que todos ustedes ya han creado una serie de rutinas que les ayude a superar el día a día, quien les escribe lo ha hecho.

Cada día me levanto muy temprano, leo la prensa, estudio las redes sociales y trabajo (desde mi cubículo) hasta que se levanta el resto de los habitantes de casa. Suelo parar para desayunar con ellos. Sé que muchos expertos en esto del tele trabajo desaconsejan incorporar la vida familiar a la rutina laboral, pero claro, ellos no creaban sus premisas bajo la presión que supone vivir encerrado, día y noche. Hay que conciliar, señores expertos, que aquí nos aguantamos todos unos a otros.

Con ese respecto, quiero decirles que no es bueno ahorrarse pequeños placeres estos días. Andar bien de salud, alejar el temido virus, no es el único cuidado que debemos tener. Sería prudente también mimar nuestro bienestar mental y, en estas ocasiones extraordinarias, cualquier gesto que anime al personal tiene premio.

Con placeres no solo me refiero a la repostería, porque creo que andan horneando casi todo lo que tienen a su alcance y entre bollos y retos del plato de la harina nos vamos a quedar sin cereales para los próximos años, trato más bien de pequeños detalles que rompan nuestra rutina, que nos cambien el paso.

Algunos desaprensivos, cuyo concepto de la solidaridad es el de un rábano, se toman muy a pecho esto de regalarse cosas y aprovechan para salir a surfear, a montar un botellón o a tomar unas pizzas con los novios y novias. Pero estas personas, cuyo denominador común es el egoísmo, no merecen una animada charla durante el desayuno, solo se les puede dedicar desprecio.

Luego están los gestos que ayudan poco, como el clásico hecho de criticar. Se critica todo. La confección de las máscaras, cada uno de los pasos que da el Gobierno, lo adecuado que resulta que las personas trabajen, o que no lo hagan… Y toda esta crítica tampoco suele construir nada, si acaso desanimar, empeorar la situación.

Y contra todo este ambiente nocivo la medicina la tenemos todos al alcance, sumando con nuestros gestos, animando a nuestra primera línea de fuego contra la crisis, a médicos, a enfermeros, a bomberos, como mi amigo Rafa, a miembros de protección civil… a todos ellos y a otros tantos menos reconocidos, como barrenderos, responsables de suministro de electricidad, de agua y un lago etcétera al que sumo una profesión que me consta se anda dejando la piel, la de los políticos, de los que estoy convencido hacen lo que buenamente pueden salvo en deshonrosas excepciones.

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