miércoles, julio 24, 2024
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Y FIESTA DE VEZ EN CUANDO

El Museo de Chiclana cuenta en su espacio con un rincón para las fiestas de la ciudad

Malo que sobre sí mismas se sustenten las tradiciones. El tradicionalismo -lo sabemos- es muy otra cosa. Nacen tradiciones en una coyuntura determinada. Enraizadas en ésta encuentran significado y razón de ser. Pero la realidad es dinámica y lo que, imperturbablemente en el tiempo se mantiene, termina, desarraigado, por desajustarse de lo real y sobrevive, si lo hace, con respiración asistida.

Renovarse o morir, se dice. Sí, bien, pero… ¿hasta dónde admite renovación de tradición sin perderse en aquella ésta, sin desdibujarse y ser ya otra cosa?
Pienso en el ocio permanente -o usual al menos- en que mucha gente vive, en los fines de semana que comienzan para no pocos en la tarde misma del juernes, que así lo llaman. Pienso en esas casetas de feria que suenan a otros sones -de importación las más de las veces- que no suenan a la banda sonora casi uniforme de hace unos años. O en el vino patrio que cede el paso a otras bebidas -las de cualquier fin de semana- que, cada vez más, lo arrinconan. Pienso…

Fiestas como la Feria de Chiclana están presentes en el Museo de la ciudad

Que no digo yo que nostálgico, no, sino que pienso. Que las cosas cambian y que mantenemos, como si no, sus nombres, que igual nos equivocamos y confundimos.
Posee el Museo -lo dijimos ya el año pasado casi por estas fechas en estas mismas páginas- un rincón -tras el espacio destinado al laboreo, a la industria- dedicado, ocio tras el negocio, a las fiestas tradicionales de aquí, a las fiestas sagradas y a las profanas, aunque lleven a veces éstas su apócope de santo -¡Ocón de Oro!- por delante.
Y las imagino, sin impostación, allá en sus orígenes, arraigadas en el suelo nutricio de su maternal coyuntura. Y las pienso. Y pienso, nieto como soy de campesinos por parte y parte, en su genuina función de doble filo, ocio y negocio entreveramos. Trabajadores -hombres y mujeres- de sol a sol o más, sin días de asuntos propios, sin vacaciones estivales, sin un descanso dominical siquiera que algún Mecano avant la lettre reivindicara desde su ventana para ellos. Cómo vivirían, me pregunto su feria. No los documentos, que algo documentado tenemos y sabemos. Me refiero a la gente, a los que aquí nos precedieron, en un aquí que es allí porque aquí es también cosa del tiempo…

Algunas exposiciones temporales se han dedicado a la feria

En el Museo prestamos atención -somera, pues de otra manera no podríamos- a las Fiestas Tradicionales casi en la desembocadura del curso de la Exposición Permanente. Y alguna vez hemos dedicado también a ellas nuestras Exposiciones Temporales -en esa subsección que, dentro de éstas, denominamos “Contextos de Museo de Chiclana” y que amplían monográficamente asuntos tratados en la Permanente-, tal es el caso de aquella que, con la colaboración de Diego Vidal, el archivero, montamos sobre “La Feria en el Archivo de Chiclana”; la muestra “Una Semana Mayor en miniatura” con la que, gracias a los delicados trabajos de José Manuel Vela, hablamos, sotto voce, sobre la Semana Santa local; o una exposición sobre cierto asunto carnavalesco que, dios Momo mediante, tenemos ya en mente para el año que viene.

A estas fiestas, más o menos contextualizadas, hacen referencia, ya digo, las últimas piezas que la Exposición Permanente del Museo de Chiclana muestra al visitante. Los carteles originales de Feria -las noches de feria, precisamente (recordemos aquí el vocablo velada o el término farolillo)- en obras de José María Ávila o Antonio Vela -óleo o infografía respectivamente; o los de carnaval en obras tan diferentes como la muy claro y distinto bullicio del acrílico de Enrique Quevedo o la, igual de bulliciosa y caótica, de Dodero con cuarto y mitad abstracción por lo menos; o los dos, para concluir, de Semana Santa, acuarela y carbón. Frente a ellos, la réplica del cartel de la Feria de 1924 de Marín, o, en vitrina, las botines de baile de Farina, los libretos de Pazocalle o de Perico Alcántara, el paso del amor de Vela, la partitura de la marcha Dolores Nazarena del maestro Forero. Todo ello, paréntesis de oxígeno, justo tras el espacio dedicado al trabajo.

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